miércoles, 1 de febrero de 2012

EL SOFÁ DE FRASIER, MI PSIQUIATRA FAVORITO.



El apartamento de Frasier destila calidez, la madera en un tono claro y acogedor inunda ese enorme salón y te acoge, contra el frío y la humedad de un Seattle que se asoma al gran salón a través de un enorme ventanal. Frente a él, Frasier reposa y toma sus vinos, toca el piano o se deja llevar por sus ensoñaciones, para éso utiliza una silla de reposo, de meditación, anatómica y ayudada por un puf realizado con partes metálicas y de madera laminada curvada.


A otro nivel, un poco inferior, se abre el salón, con su chimenea y ese gran sofá tapizado en tela marrón, de corte clásico, de reposabrazos redondos y de respaldo muy bajito. Es tan profundo que invita a sentarse muy adelantado, en posición de alerta, atento a la charla, a la discusión que muchas veces Frasier entabla con su padre, el policía retirado con una visión muy distinta a la de sus hijos, incluso su sillón de ver la televisión deja claro cual es su posición ante la vida, es un viejo reclinable, de tela basta y remendada y que comparte con Eddie.



El sofá es tan profundo que en su respaldo habitan multitud de pequeños cuadrantes, de pequeños cojines que ayudan a acomodarse en un sofá en el que es difícil apoyar los hombros o la cabeza…, pero que puede acogerte durante una siesta o durante una noche.
Y frente a la cocina, de manera sutil, el espacio para las comidas surge entre estanterías abiertas y dominado por unas sencillas sillas de patas despuntadas y de tapicería ligera.


No hay excesos en el luminoso apartamento, quizás la madera, omnipresente y como equilibrando ese mundo artificial de las urbes norteamericanas, como recordando que el hormigón y la luz de ese Seattle envuelto en brumas es algo poco natural…, pero siempre atrayente.

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