viernes, 30 de diciembre de 2016

UN PEQUEÑO TEDDY BEAR CHAIR PARA MI HIJO.





  
        Toni, el joven tapicero y su mujer, sonríen cuando se llevan el pequeño Teddy Bear, cabe perfectamente en el maletero del Altea, aún en esqueleto, con la cola aún tierna, aún oliendo a resina, aún con restos de serrín entre las juntas.
   Se acercan los Reyes y Toni tapizará el pequeño icono con todo su corazón, con el sentimiento de un padre que quiere regalar a su hijo algo genuino, único, especial y hecho con sus propias manos.
 

 
 
     Aquellos Reyes mi padres me regalaron un castillo, varias legiones romanas y un ejercito de cartagineses pertrechado con unos preciosos elefantes, con arcos y con espadas. Fue un regalo maravilloso, pero tuvieron que pasar décadas para que uno de los antiguos oficiales que trabajaban con mi padre en el taller de esqueletaje me confesara que el mismo pinto el castillo y que lo hicieron a escondidas y casi en una sola noche.
   Toni saca la cartera, separa unos billetes y me mira.
   - No me debes nada, déjame participar en ese maravilloso regalo.
 
 
 
 
 

jueves, 15 de diciembre de 2016

LAS SILLAS QUE NADIE QUERIA HACER.



    

 
 
  - Hola Pedro, se que hace tiempo que no te pido nada, pero ahora tengo un compromiso, necesito seis sillas y bueno... no encuentro quien me las haga -confiesa Blay de manera honesta y humilde.
   El tapicero me envía la foto y yo me encojo de hombros, son seis sillas neoclásicas, acabadas en capitoné sencillo y con patas Chippendale, unas sillas que cualquier sillero, ebanista o esqueletero haría con los ojos cerrados.
    - Si, claro que te puedo hacer esas sillas -le contesto unos minutos mas tarde. Blay suspira aliviado, agradece mi actitud y me asegura que no olvidara  mi gesto.
 
 
 

 
 
   Sonrío halagado y al tiempo algo confundido, no entiendo porque nadie quiere hacer esas seis sillas, quizás porque seis sillas son pocas piezas, quizás porque se tenían que sacar plantillas.
  Pero dejo de hacerme preguntas y diseño la silla, recorto las plantillas, dibujo el perfil de las altas patas Chippendale y las voy cortando sin cambiar de sierra, las voy lijando y aspirando el polvillo del haya europea, viendo como ese mismo polvo va cubriendo mis manos y las gafas de cerca. Disfruto moldeando esas patas y me siento orgulloso de saber hacerlas, por lo menos ese modelo básico que sale de entre mis manos y no de entre los puntos rotativos de una copiadora.
   No hay dos patas iguales, están hechas a mano, artesanalmente... las patas que nadie quería hacer, las sillas malditas que eran pocas para tener el derecho a nacer, a ser creadas.
   - Blay, ya teneis las sillas.
  

miércoles, 7 de diciembre de 2016

SILLON TOPOLINO, EN COMPAÑIA DE MIS RECUERDOS.





 

    Los recuerdos son a veces la única compañía en el taller de esqueletaje, cuando los viejos portones de madera me aíslan de la calle y del mundo. Surgen cuando descuelgo las plantillas hechas por mi padre del sillón de orejas Topolino, todo un icono de la tapicería valenciana que ocupaba viviendas humildes, de salitas recogidas y pequeñas. Un orejero bajito y de reposabrazos que declinan, perdiendo altura hacia unas barras que buscan las patas traseras con un acusado giro, con una media vuelta que se convertía en la seña de identidad del pequeño sillón, un sillón de otra época, un sillón que me recuerda a mi padre, a mi infancia y que me hace preguntarme si esos recuerdos son reales, si realmente una vez fui niño, si mi padre vivió realmente. La inmediatez, el momento, el ya… eso es la realidad, siempre tuve 50 años y las arrugas siempre serpentearon entre mis manos o en mi rostro... eso es lo que siento.

 

    “Tirada de brazos delante, detrás a escuadra…” escribe mi padre, oigo su voz respondiendo a la pregunta que solo suena en mi mente, ¿estos brazos como irán…? me parecen ver sus manos retorciendo el hilo de palomar o escribiendo sobre el cartón que se ha impregnado del serrín posado en el durante más de una década. Con su caligrafia vigorosa y elegante, intensa, meticulosa, con garra, con una energía que incluso calentaba los pomos de la “universal”, yo sentía ese calor en mis manos cuando él se apartaba y me decía.
    - Ya has visto como lo hago, hazlo tu.
   Entonces es cuando sentía ese calor, cuando sujetaba los pomos de baquelita para mover las palancas que desplazaban el carro de la broca solidaria al eje de la máquina… y ahora mismo creo percibir esa intensidad, esa pasión en las plantillas, solo papá pudo hacerlas, entonces el pasado es real, los recuerdos son realidades pasadas, vividas, aunque nuestra mente se centre en el ya, en el presente, en cada minuto, en cada inspiración.

  

 
 



miércoles, 23 de noviembre de 2016

SINUOSO CLASICISMO, LA SONRISA DEL ESQUELETERO





 
 
 


        Zenia, así le bautizan, así me lo piden. Planos que hablan de un sofá de sinuoso clasicismo protagonizado por un copete que pasa por una boa sesteando entre selvaticas ramas, que pasa por el tramo de una montaña rusa sin railes, pero igual de vertiginosa y  que termina virando, escorándose contra el brazo que se vence hacia la voluta en picado, es un tobogán que a veces sube y otras baja, todo depende de  que imaginen los ojos del observador.
 
                                     
                                                

 
  
 
 
 
 
   Me gustan las luces del taller cuando anochece, quizás porque en medio de esa soledad me siento mas cercano al Zenia, a todo esqueletaje que se resiste y que me obliga a usar la imaginación, a tirar de los conocimientos que poco a poco voy acumulando. A todo esqueletaje que renuncia de las líneas rectas y que se divierte retorciéndose, retando a las vetas de la madera, a las líneas de fuerza, retando al esqueletero que debe ver volúmenes ahí donde hay un papel plano, sin relieves, sin vistas en tres dimensiones.
 
 
 

 

   Sonrío observando el Zenia y siento ese extraño gozo, ese placer que no se puede compartir porque nace desde los vericuetos de una mente que empieza a ver su taller de esqueletaje como centro de su universo, solo compartido con los pinares de la sierra Calderona.
   Fuera anochece y llovizna de vez en vez, las farolas derraman su luz y las gotas de agua se iluminan fugazmente, cuando atraviesan su haz, después se estrellan en la calle y convierten el asfalto en una lamina negra de charol efímero.
   El Zenia y su boa se retuercen, la serpiente adquiere forma de sonrisa y el esqueletero le devuelve el gesto.

jueves, 3 de noviembre de 2016

"RO", EL OREJERO TRANQUILO.






     Observando la personales líneas del "RO" de Jaime Hayon admito que yo jamás habría sido capaz de concebir un modelo como el que el diseñador madrileño ha creado para Fritz Hansen.



 
 
     Observando la recreación que he fabricado descubro que mis conceptos estéticos quedan muy lejos de las tendencias actuales, de las formas que Hayon ideó para crear un modelo de aspecto algo soso, demasiado tranquilo, casi inofensivo, como envuelto en un halo azucarado... realmente su nombre significa eso en danés, algo tranquilo, sosegado, relajado. Sin embargo, el "RO" se vuelve valiente a medida que asciende y se aleja de la cintura anodina, para estrecharse, para encorvarse armoniosamente, al tiempo que rompe que la estética del respaldo inclinado.



 
   En el "RO", el respaldo se estrangula creando el espacio para el cojín que adquirirá la función de cabezal, pero ese estrangulamiento se vuelve a liberar a medida que se eleva buscando unas orejas que si rinden culto al clasicismo del sillón de orejas, pero finas, limpiamente perfiladas, con la tela fundida contra la carcasa de fibra de vidrio.
    Observando mi versión del sillón de Hayon sonrió al contemplar esa copa, al comprobar como se retuerce la oreja en línea con el copete... este sillón es distinto, muy personal, de belleza tímida, nada salvaje, pero que termina por gustarte, sin demasiada pasión, sin enamorar locamente, pero haciéndote sonreir y trasmitiendo calma y sosiego... como su nombre "RO", by Jaime Hayon.
 

domingo, 23 de octubre de 2016

WEGNER Y EL OREJERO DESCONOCIDO.







      
 El Papa Bear lo vió todo, me vió inclinado sobre los planos, cortando con las tijeras, dudando, observando. Me vio alejarme hasta la sierra de cinta y también vio a Ángela Ferrer cuando entró en el viejo taller de esqueletaje y me sorprendió excitado, encolando las orejas del curioso sillón de aires antropomorfos que me habían encargado. Una pieza que me recordaba al sillón de Freud y a los despachos de primeros de siglo en los que predominaba la caoba, el nogal y el cuero rojizo o verdoso.
 

 
 
    Y el Papa Bear me sigue observando cuando termino de montar la banqueta a juego del sillón desconocido. Alzo la vista y lo veo observándome, llego a creer que está vivo y que no estoy solo en el taller, incluso cuando cierro los ojos  veo sillones, veo formas, a veces imágenes que no me gustan, entonces adelanto la mano y trato de corregir las plantillas, o me angustio porque lo que veo no me gusta. Veo sillones incluso reflejados en los coches, o proyectando sombras, veo esqueletajes proyectados sobre mis parpados cerrados y el resto se difumina.
 

 
 
 
   Los miro y me entretengo observando la diferencia de los estilos, las curvas del sillón desconocido y las peculiares proporciones del Papa Bear, apenas curvas pero transmiten la sensación de escape, de huida de esas líneas rectas que parecen vivas, que incluso me hipnotizan y de nuevo llenan mi visión y mi mente... el resto se difumina.

jueves, 20 de octubre de 2016

UN PAPA BEAR CHAIR VIENE A VERME.






         El delantero se arquea y las patas ligeramente cónicas se inclinan firmemente encastradas en la pieza a caja y espiga. Aprieto con el gato, sonrío cuando la cola blanca rebosa y después encajo la pieza entre los costados, también cajeados, de nuevo el gato las une y la cola vuelve a escapar entre las juntas.
      Me alejo unos pasos y siento un escalofrió... con ese detalle el Papa Bear se parece mas que nunca a la mítica pieza de Wegner. La siento mas digna, mas cercana, mas honesta y eso me hace sentir bien, me proporciona un placer difícil de explicar.

 
 
 

   Lo observo ya terminado y sigo envuelto en la magia, en el placer íntimo que me proporcionan sus formas, sus desproporciones, las mismas que me causaron repulsión cuando lo vi por primera vez. En aquel momento me pareció extremadamente feo, sin armonía, casi grotesco... se alejaba tanto de los sillones que fabricaba normalmente. No era un orejero clásico ni un sillón moderno de líneas rectas, era algo diferente, extraño, deforme... y desde luego, en aquel momento no podía ni imaginar que ese icono del vintage danés iba a inspirar una novela que se titularía "La decoradora".
  Y es curioso, de la misma forma que el monstruo da una lección de vida al muchacho, el Papa Bear apareció en mi vida para ayudarme a tratar de ser un mejor esqueletero.