jueves, 26 de julio de 2012

MIGUEL MARÍA, TAPICERO DESDE LOS 12 AÑOS.


Duna va remontando el puente sobre las vías que confluyen, desde toda España, en la Estación del Norte. Rodamos tranquilos tras un turismo de autoescuela y, después, me desvío a la derecha, buscando el número 62 de la calle Bernat Descoll de Valencia, buscando la tapicería de Miguel María March. No es un cliente nuevo, pero la verdad es que nunca le he visitado, por éso, Duna y yo, titubeamos y hasta nos subimos a la acera, sorteando las sillas y las mesas de un bar hasta parar frente a Tapicería y Decoración, el pequeño taller artesano de Miguel.
Lo descubro concentrado y midiendo la enorme media luna del esqueletaje que monté hace unos días.


- ¡Hombre, Bonache...!
Creo que se sorprende, aunque me ha llamado él para decirme que ya estaba trabajando en el sofá. Se asoma y no puede evitar rozar con sus manos de tapicero el sillín de
Duna.
- Tu sobrino te tapizó bien el asiento.
- También la pintó.
Durante unos momentos los dos miramos, como dos chiquillos, a la 535 y después entramos en el bajo donde el sofá, de casi tres metros, ocupa gran parte del local, que parece empequeñecer aún más a medida que las telas y las gomas van rellenando el armazón.

Echo una ojeada y descubro a un mito, un póster de Nino Bravo, incluso la copia de una poesía que escribieron las fans del cantante tras su muerte, tras aquel accidente de tráfico que arrancó cientos de lagrimas a miles de adolescentes valencianos y valencianas, entre ellas a mis hermanas, sobre todo a Rosalía, la primogénita, que llegó a asistir al entierro de aquella voz irrepetible. También descubro otra imagen que me hace sonreír, la fotografia de un percherón tirando de un carro sobre una pista de arena en una competición de Tiro y Arrastre, una pasión de la huerta valenciana, la herencia visual de todo el esfuerzo que realizaban animales y hombres arando las fértiles tierras valencianas, roturando, sembrando, trabajando la tierra desde el amanecer hasta las últimas luces del día.
Hablamos de aquellos tiempos y Miguel me confiesa que él empezó a trabajar, a tapizar, con tan sólo 12 años. Su abuela alquiló el patio trasero de su casa a un tapicero y Miguel deambulaba por allí como cualquier crío de aquella época, hasta que un día aquel hombre le preguntó.
 
- Chaval..., ¿quieres trabajar aquí, quieres ayudarme....?.

 
Fue la primera vez que Miguel se sentó en la típica banqueta de tapicero, ésa que aún conserva en su tapicería, aunque en los tiempos actuales se tapiza sobre mesas de trabajo neumáticas o hidráulicas, que pueden subir y bajar para que los oficiales trabajen en condiciones óptimas, pero en aquella época se tapizaba sentado, casi a ras de suelo, de la misma forma que se clavaban a golpe de martillo,
tachas o gabarrotes sujetados entre los dientes.


- A los 19 años me fuí a trabajar a la tapicería de Enrique Miller y a los 30 ya me establecí por mi cuenta...., hasta ahora..., por cierto, esa caja de herramientas era del tío Miller.


La historia de Miguel María me es muy familiar, mi padre también empezó a trabajar a los 13 años, también alquiló el patio trasero de una planta baja para establecerse..., ya sabéis, la misma planta baja en la que sigo trabajando. Es la historia de aquellas generaciones de las que ya he hablado alguna vez, de aquellos niños que aprendían los oficios mamándolos desde su esencia, a la vera de oficiales que poco sabían de técnicas pedagógicas pero que eran capaces de formar a esos niños, de darles un porvenir y  la oportunidad de ganarse la vida por ellos mismos, con sus manos y con su gusto.
Le escucho con atención, tiro algunas fotos y me despido de Miguel. En la avenida vuelvo a ponerme detrás de un coche de autoescuela y no puedo evitar pensar en quién esté al volante, posiblemente, sea alguien joven, alguien que está aprendiendo a conducir, a vivir, a asomarse al mundo..., de una manera distinta a como lo hacían aquellos críos que, de un día para otro, se veían con un martillo en la mano y  un montón de
gabarrotes entre los dientes de leche.
Y aquel zagal que aprendió el oficio, en casa de su abuela, sigue tapizando y respondiendo al móvil 630347211.

lunes, 23 de julio de 2012

LA RINCONERA DE MARIANGELES Y LA ELEGANTE MANO DE JAVIER.

De vez en cuando, mi amiga Mariangeles me visita en la vieja carpintería. Cuando acontece el evento y la veo aparecer, necesito un buen rato para recomponerme, para centrarme y  poder escucharla con atención y es que mi amiga es espectacular, alta, esbelta, de mirada intensa y con unos rasgos faciales que se llevan mis ojos, por mucho que intente apartar la mirada para atender a la conversación.
Recuerdo que aquel día Mariangeles me preguntó casi temerosa de escuchar una respuesta negativa.
- Oye Pedro..., tu haces sofás,¿no...?.
- Pues va a ser que si, je, je, je.
- Es que no lo tenía demasiado claro..., pues verás es que tengo un problema; no hay forma de encontrar una composión de tres plazas más chaise longue, pero de línea clásica y con los brazos redondos. Me dicen que éso no se lleva, que ahora se imponen las líneas rectas y limpias, que es la tendencia actual y que lo que yo quiero no lo voy a encontrar y ni me lo van a hacer.
- Joder..., pues precisamente éso es lo que yo hago, lo que nadie encuentra y lo que nadie quiere hacer.

 
Continúamos la charla y fuí capaz de escucharla, de centrarme en sus deseos y en las fotografías que tenía marcadas en un par de revistas de decoración. Recuerdo que también consiguió un catálogo de El Kilo Americano y en él me señaló dos sofas que reunían parte de la estética que deseaba. También me enseñó un precioso boceto que Javier, su compañero, había hecho para la futura decoración de su salón. Poco a poco fuimos aclarando ideas, perfilando las líneas, pero el momento álgido llegó cuando subí a su piso y, entre ella y Javier, creamos una tormenta de ideas y sugerencias sobre las medidas y sobre el tipo de sofá. Recuerdo que yo no terminaba de ver  un sofá más chaise longue, no terminaba de encajar esa composición, al final, según recordaba Mariangeles entre risas, di un zapatazo y dije.
- Nada, se acabó, haremos una rinconera curva, como las de toda la vida, coño.
Al día siguiente empecé a sacar las plantillas del rincón suelto y Mariangeles empezó su particular viacrucis en busca de la tela de sus sueños. En ellos veía un tejido rosado y decorado con trazos dorados, pero era en sueños. La realidad fue más cruda, aunque en una de las tiendas de Cirilo Amoros dió con una dependienta que pareció leer esos sueños, o eso pensó Mariangeles cuando le enseñó la pieza de tela rosada que ella deseaba.
- Es bastante cara, a 120 euros el metro y para un sofá es algo floja.
La siguiente tienda que Mariangeles visitó quedó un poco lejos, realmente era un viaje que ya tenía previsto y voló hasta la India a pasar unos días de vacaciones y en una de las escapadas que hizo, fuera de los circuitos turísticos, se dejó caer por Jaipur, la llamada Ciudad Rosa, un universo de tejidos y texturas donde volvió a encontrarse con esa tela de sus sueños, pero a un precio muy distinto.

Regresó a España con un montón de metros en la maleta y unos pocos días después la llamé para que me indicase como quería las ondas del respaldo. No deseaba un respaldo recto, anhelaba unas siluetas, como colinas suaves, quizás con las viejas lomas de La Manchuela.
Mariangeles apareció por la carpintería ilusionada y sonriente, me fue indicando donde deseaba esas elevaciones del copete y a que altura, las fuí marcando en cartón y al día siguiente Julián y Jose, de Tapizados Gomez, cargaron la rinconera en su Volkswagen y empezaron a tapizarla, a engalanarla, a dar forma a los deseos de mi amiga.
La siguiente vez que visité a Mariangeles en su piso encontré mi armazón ya vestido, tapizado con esa tela rosada y maquillada con unas trazas doradas que parecían salirse de la rinconera para ir posándose por casi todos los rincones de la casa.

Pero, realmente, eran las manos y el gusto de Javier quienes habían recogido esos tintes dorados para repartirlos por toda la casa, para resucitar a unas puertas acabadas en un sapely oscuro y tétrico, con un lacado elegante y sosegado, luminoso, cálido y enriquecido con el dorado de las molduras y de los listones con los que cuadriculó el cristal.Pero Javier también se había atrevido con las paredes, quizás porque es un magnífico pintor y decorador y para eso, para decorarlas, preparó varias trepas, siempre bajo el gusto y el deseo de Mariangeles que combinaba la querencia hacia los dorados y las tallas, hacia un estilo barroco y recargado, pero repartido con pocos muebles y en dósis ligeras y armoniosas. Como el mueblecito plateado que alegraba la esquina del pasillo o la preciosa consola bajo la cortina fruncida, bajo esa cascada de tejido que me recordó a una catarata, de aguas salvajes y briosas, a un torrente de alta montaña que se precipitaba desde las cumbres.









miércoles, 18 de julio de 2012

UN SOFÁ CURVO, UN ARMAZÓN EN FORMA DE MEDIA LUNA.


Llevaba semanas dejando de lado este encargo, realmente, huyendo de él, pero Miguel María, el tapicero, me llamó para decirme que la tela ya había llegado. Suspiré y dejé de escapar, dejé de andar hacia atrás y desplegué el papel que Miguel me había traído como única plantilla; realmente era el perfil curvado de la pared ante la que se colocaría el sofacito de 2.70 metros, a la vez que representaba el volúmen que debería ocupar el sofá ya tapizado.


Con calma planteé el esqueletaje sobre el papel y, después, tracé las dos dogas, las dos piezas curvas que darían forma a la parte delantera y a la trasera, las rectifiqué para que fuesen simétricas, después las recorté y empecé a marcar en los tablones..., como siempre.




A las pocas horas las dogas ya no eran de papel, eran de pino y se iban ensamblando unas con otras, iban creando esas líneas curvas, ese giro contínuo que terminaba en las consolas o reposabrazos de estética clásica, redondos y elegantes.




Y ya por fin terminado, ya por fin liberado de esa angustia de enfrentarte a un sofá curvo sin más referencia que ese papelote marrón y mudo que a su lado parece observar, como un gigantesco paramecio, el esqueletaje, sorprendido ante el tamaño de ese otro congénere unicelular, igual de grande que él pero con formas y volúmenes, con curvas y arcos.



lunes, 16 de julio de 2012

MI HIJO QUIERE ESTE SOFÁ, SE PUEDE HACER, ¿NO...?.



Hoy, Manolo se ha pasado por la vieja carpintería. Manolo es el magnífico oficial de Josep Avelino Devis. Es un tapicero fino y elegante que vive su trabajo y que lo goza y que, como padre, no ha dudado en hacer realidad el deseo de su hijo; bueno aún no, de momento solo hemos hablado de medidas.
El sofá es moderno, de líneas originales y que combinan las curvas del reposabrazos, que le aportan cierto aire clásico pero que busca soluciones actuales con la estrecha platabanda y los enormes cojines del asiento. El modelo de la lámina usa el recurso de los cabezales abatibles para variar la altura del respaldo, pero nosotros los haremos fijos, aportando más clasicismo, si cabe, y una mayor comodidad.
Manolo me ha traído la plantilla del reposabrazos y me ha concretado las medidas del sofá y de la chaise longe, pero me ha comentado que le preocupaba la estrechez de esa platabanda, precisamente, por el excesivo vuelo de los brazos.



- No te preocupes, Manolo, haremos una cosa, aumentaremos la platabanda a 10 centímetros de altura y tú falsearás los cojines para que mantengan esa altura y yo aumentaré, también, la altura de los costados para que los brazos queden bien fijados; el efecto óptico será el mismo que el de la foto- le comento.
- Ya, ya..., ya comprendo lo que quieres decir- asiente Manolo.
- Bueno, pues a mi no me hacen falta más datos.
- Te dejo la foto, aunque se que no te hace falta.
Y Manolo sonríe, yo también sonrío halagado y le acompaño hasta su scooter de 250 cc.
- Ya se que esto no es como tu Duna..., pero son muy prácticas, aunque parece que voy sentado en una mesa camilla.




Manolo se va colocando la mochilita, una mochilita hecha por el mismo, de piel y rematada con gusto y mimo. Nos despedimos y no tengo ninguna duda de que Manolo tapizará, exquisitamente, ese sofá para su hijo..., igual que lo haría para cualquier cliente.
Cuando los oficios se llevan en la sangre dan esos frutos, la nobleza y el buen hacer.