viernes, 22 de enero de 2016

5 SILLAS DANESAS EN LA SIERRA CALDERONA










  
  Dejo de pedalear, durante unos momentos me convierto en Sara y sonrío como sonríe la protagonista de "La decoradora" cuando descubre algún icono del diseño abandonado en algún contenedor, olvidado en algún descampado, en algún solar..., o en la terraza de una humilde caseta levantada en las estribaciones de la sierra Calderona.
   Freno, desmonto y dejo la Bicipalo apoyada en el murete, me quito los guantes y durante unos segundos vacilo, no soy capaz de entrar en esa propiedad, pero Sara lo haría, ella no dudaría en saltar el murete y subir a la terraza. No hay nadie, no hay valla, no hay rejas ni puertas que impidan acercarme a esas cinco sillas cuidadosamente colocadas alrededor de la vieja mesa, cubierta con un hule a cuadritos y rodeado por viejos sofás que pasan todos los días del año bajo el porche de rasilla.
 

 
 
 
 
   Y Sara no duda en saltar el murete, no duda en fotografiar a las cinco sillas danesas, finas, esbeltas, sencillas, tan elegantes, tan diferentes, de piel tan clara. La madera ha desteñido y adquiere un matiz grisáceo en los extremos de las patas torneadas, el polipiel claveteado es de un tono marfil que ha soportado el paso de las décadas sin cuartearse, sin desgarrarse.
 

 
 
 
   Recuerdan a la piel blanca de las danesas que venían a nuestras playas, altas, espigadas, rubias..., las sillas son así, pero están lejos de la playa, lejos de la arena. Cinco danesas en la sierra Calderona, de tez pálida, con las cinchas rotas pero con sus trabas firmes, con sus ensambles sólidamente encolados.
   Les echo un ultimo vistazo y vuelvo a colocarlas alrededor de la vieja mesa cubierta por el hule..., que bonitas y elegantes son.
   Sara las mira y se muerde el labio, de buena gana se las llevaría en su C15..., pero no puede ser, esa furgoneta y Sara solo existen en mi imaginación.
  Vuelvo a montar sobe la Bicipalo, pedaleo cuesta abajo y durante unos segundos me parece oír un motor a mi espalda, el sonido de la Citroën, echo una mirada rápida y tan solo veo la caseta mas lejos y la lengua de asfalto ligero que asciende hacia la Cueva del Judío, en las estribaciones de la Sierra Calderona.
 

martes, 19 de enero de 2016

RESUCITANDO EL SILLON DE SIGMUND FREUD.




     
 
 Antropomorfo e inquietante...., el sillón sobre el que Freud escuchaba a sus pacientes, me mira desde el banco de trabajo.
   Aun no está terminado pero aún así, en estado de gestación, resulta sugestivo y atrayente, casi como lo prohibido, como lo oculto, como lo desconocido, como eso que habita en lo profundo de nuestra psique y que el padre del psicoanálisis se empeñaba en desenterrar, escuchando sentado en el sillón, de piel, como de piel humana, como una proyección de homo, agazapado a la espalda del neurólogo, con sus brazos proyectados hacia delante, envolviéndole y con las manos unidas a las consolas de haya que recuerdan a las varillas o a los hilos que mueven las marionetas, o a los tendones y nervios que ascienden por un respaldo estrecho rematado en un cabezal de parietales ensanchados.
 

 
 
    El cerebro parece crecer solo hacia los lados, un crecimiento deforme, extraño, desagradable..., eran los traumas, las fobias, los odios, los anhelos y deseos reprimidos.

 
 
 
   El camino del crecimiento, de la maduración mental, atravesando campos a veces sórdidos, extraños, vergonzosos, inconfesables..., lo que nos hace ser como somos, brillantes, complejos, diferentes, imprevisibles a veces, aunque previsibles cuando las emociones nos manejan, cuando el cerebro reptiliano aparece y anula el neocortex, cuando la química inunda las circunvoluciones cerebrales y el consciente, el yo racional se ve contra las cuerdas acosado por el otro que habita en nosotros mismos.
   Y el sillón parece mirarme, incluso parece reír cuando le digo en la soledad del taller de esqueletaje.
 
 
 
   - Te voy a bautizar como "El sillón de hacer Vudú".
   Pero el antropomorfo no monta en cólera, me observa, deja escapar una voluta de humo y contesta.
  - Hablas desde tu otro yo, desde ese que se reprime y que nunca dice no..¡¡¡¡, no quieres que nadie te clave mas agujas, ahora las quieres clavar tu, así te ves y así me ves.
  

martes, 12 de enero de 2016

UNA SILLA INSPIRADA EN LA SERIE CONTOUR DE GRANT FEATHERSTON.




   
      El R-160 curvo no va a estar solo, José Luis me pide seis sillas a juego de ese sillón que poco a poco se ha hecho un hueco en mi corazón y en mis sentimientos.
    Algo está cambiando a mi alrededor, quizás sea una percepción demasiado optimista, quizás sea una percepción anhelada o deseada, pero me da la sensación de que mi trabajo empieza a darme un placer diferente al del dinero, que no es abundante ni mucho menos. 
 

 
 
   El taller se está convirtiendo en mi verdadero hogar, en un lugar donde surgen piezas, donde se crean objetos inanimados que poco a poco me llenan de vida. Se está convirtiendo en un refugio, puede que en un cubil o en una madriguera, puede que en una cueva..., no lo se, pero mi padre hizo mucha vida en él, casi todas mis hermanas nacieron en esa planta baja..., es posible que se esté convirtiendo e el centro de mi universo.
   Y Joa dijo al ver esa foto..., " parece que te la haya hecho un angel..."

sábado, 9 de enero de 2016

RAY Y CHARLES EAMES en "LA DECORADORA"




    


   Deseaba llegar a este capitulo de "La decoradora", titulado "The Showroom", porque sabia que de ser capaz de escribir hasta aquí, podría terminar esta novela, aunque desde luego el trabajo de pico y pala no ha cesado y aún queda bastante trecho por escribir, pero a uno se le pone una sonrisilla en la cara muy gustosa.

Fragmento del capitulo X "The Showroom".


   - Joder…, pero qué coño – murmuró la decoradora, apoyándose en la barandilla de hierro y alargando el cuello hacia la vivienda que descubrió tras las dociles ramas de unos eucaliptos crecidos frente a ella. Un hombre, vestido con  vaqueros acampanados y con un jersey de lana de cuello alto color crema, barría la hojarasca del césped, pero tenía especial cuidado en no tocar las avecillas negras que permanecían sobre la hierba con las cabezas estiradas, elegantes, altivas…, incluso dejó el rastrillo y se agachó frente a una de ellas para limpiar el plumaje negro con un trapo.- no puede ser, no puede ser –repitió Sara observando de nuevo aquella vivienda de cristal, aquellos rectángulos que se cruzaban uno sobre el otro y que se apoyaban en vigas de madera que sobresalían por los extremos de unas paredes que realmente eran enormes ventanas enmarcadas en hierro negro. Pese al reflejo y a la distancia podía distinguir algo del mobiliario, aunque parcialmente, los estores y algunos paneles de colores rojos amarillos y azules, velaban la transparencia del vidrio.

    Carecía de cubierta o de terraza, tan solo un alero de pizarra negra avanzaba desde un lateral de la cristalina fachada, hacia el jardín enmarcado por los eucaliptus, aunque el césped llegaba hasta los mismísimos ventanales, anclados a ras de las losas de terracota que rodeaban la vivienda y sobre los que reposaban dos sillones de estilo danés, bajitos, inclinados y con los asientos de cuerda- estoy flipando –volvió a murmurar la decoradora sintiendo como su corazón volvía a acelerarse como cuando descubrió los perfiles del Papa Bear en aquel mar de escombro.