jueves, 27 de diciembre de 2012

UNA PAREJA DE MODULOS VINTAGE.


Hace unas décadas los módulos estuvieron de moda, pegaron muy fuerte y no había sala de espera o discoteca que no estuviese decorada con ellos. Eran piezas baratas de producir. Normalmente, el esqueletaje se hacía de tablero aglomerado y la tapicería era fija, es decir, sin cojines. Imagino que Suer, el decorador palestino y amigo de mi hermana mayor, se dejó llevar por la tendencia y se decidió por ellos para decorar la sala de espera de un gabinete de belleza que montaron mis padres para otra de mis cuatro hermanas.


 Han pasado algo más de treinta años y aún recuerdo algo de aquel gabinete, al que llamaron Nefertiti. Mi hermana Conchín decidió utilizar el mítico perfil de la faraona como imagen de su local y yo me convencí que aquel perfil era el de mi madre, de la misma forma que creía que la dueña de una pequeña tienda de moda del barrio era Sara Montiel. Por cierto, aquella señora también gustaba de fumarse unos aromáticos puros después de almorzar un pincho de española.
  Recuerdo aquella sala repleta de artefactos cromados, de marmitas llenas de cera, de espejos y de sillones giratorios..., pero el recuerdo se va perdiendo, difuminando y de aquella época sólo han quedado dos de los cuatro módulos. Terminaron en la terraza del chalé de mis padres, Norton se adueñó de ellos y Mía se dedicó a comerse los rellenos, hasta que mi hermana Mónica se decidió a rescatarlos, bueno, ella sólo lo decidió, fue José Castillo quien se pasó por el chalé y los cargó en su furgoneta.


Jose Castillo mostrando las primorosas "T" de mi padre
 y que eran la abreviatura de trasero.
Por entonces, yo era jovencito y me imagino que estaria cursando la EGB,
aún faltaban algunos años para que empezase a trabajar con él.



Y más marcas de papá en los costados.
Y Jose Castillo posando junto a los históricos módulos
tapizados con un polipiel de cinco estrellas.

viernes, 21 de diciembre de 2012

MANUEL AZAÑA PUDO HABER TOMADO CAFÉ SENTADO EN ELLAS.



       El miliciano se inquietó y trató de distinguir la sombra que se había movido allí abajo, por encima del camino de tierra que subía desde la Cartuja de Porta Coeli y que atravesaba el valle de Lullen. La pista ascendía serpenteando entre las laderas y casi confundida en la oscuridad que empezaba a posarse allí en los hondos y en los estrechos, donde las ultimas luces del ocaso desaparecían entre los peñascos de rodeno y los espesos pinares.

   Volvió a ver esa sombra y voceó nervioso y encarándose el fusil ametrallador, sujetándolo con fuerza y percibiendo intensamente el olor de las grasas y  los aceites.

  - ¡Alto..!, ¡¿ quien va…!?, ¿¡ quien va…!?.

  Su voz resonó en medio de la calma del valle y las mismas montañas parecieron responderle con un débil eco.

   Apretó el gatillo y la violenta ráfaga le hizo cerrar los ojos mientras la culata coceaba su hombro brutalmente y un abanico de balas enloquecidas se precipitaba contra el rodeno de la sierra Calderona, contra las ramas de sus pinos, contra esa tierra rojiza que se revolvió en una polvareda de esquirlas y chispazos.

  Las detonaciones rebotaron en las laderas y corrieron entre sus valles, despertaron a los perros, se llevaron el estruendo hasta el ultimo rincón de la serranía y el presidente giró la cabeza nervioso hacia los ventanales, dejó de escribir en el cuaderno y volvió a recordar con amargura y pesar que España seguía en guerra, pese que allí, en aquella masía envuelta por las suaves cumbres de la Calderona, se había encontrado tranquilo y relajado, casi ajeno a los odios y a las iras que se encarnizaban con la Republica.





Percibí algo especial en esas réplicas de la número 14 de Michael Thonet, que encontré en la tapicería de Juan Vicente Comes. Las  formas onduladas de la silla tenían algo diferente, demasiada armonía, demasiada elegancia y un lacado en negro, ya envejecido que dejaba entrever la modesta veta del haya vaporizada y curvada.


  No pude evitar cogerla y verla de cerca, me sorprendió el cuello torneado sutilmente de una de ellas y los refuerzos de fundición colocados entre las patas y el bastidor laminado. Eran unas piezas metálicas elegantes y demasiado bien hechas para haber sido puestas por su propietario. Continué explorando, mientras Isabel, la mujer de Juan Vicente, me miraba esbozando una sonrisa desde su máquina de coser.
   - ¿Que buscas, Pedrín…? –me preguntó, al tiempo que cruzaba miradas cómplices con Vicente y Rafa, los oficiales de su marido. 

  - No sé, algo…, es que me da la sensación de que estas sillas tienen algo especial…, no sé, parecen unas Thonet auténticas…, aunque nunca en mi vida he visto una de ellas, una de las auténticas, quiero decir.
   - La clienta dice que son buenas, tienen bastantes años.
 - Buenas son…, mira esta pieza de aquí, este refuerzo de fundición.
   Le acerqué la silla a Isabel y los dos examinamos el aplique.
   - Si fuesen las que fabricaba Kohn, que eran las originales, llevarían una numeración y etiqueta…, pero es que no las veo –comenté observando atentamente el aro del bastidor- espera, espera…, mira ese pedazo de madera más clara…, ahí podría haber estado la etiqueta.
   - Es verdad –convino Isabel.
   -Voy a ver las otras.
   Las Thonet se dejaron izar y manipular entre mis manos, me enseñaron todos sus rincones, sus tornillos oxidados, las recaladas en las que aún permanecían enterrados los restos de la rejilla original y algo que me erizó la piel.



   - ¡Aquí está, aquí está…! –exclamé excitado al descubrir la etiqueta de papel en la que difícilmente pude leer en voz alta- Joseph Hoffmann.
   - A ver, a ver –rogó Isabel- es verdad, ahí está…., si ya te lo decía Pedrín, que la dueña me había dicho que eran muy antiguas y buenas, todo lo que hay en esa casa es bueno y viejo, parece un museo…, te gustaría.
   - ¿Pero qué es…?, un piso de esos del centro de Valencia…, ¿un chalé…?.
   Isabel sonrió y negó con la cabeza.
   - Es un palacete… -murmuró mirándome a los ojos y sin dejar de sonreír, siendo honesta y no desvelando el nombre de la clienta.
   - ¿Un palacete…?,  ¿La Pobleta…?.
   La sonrisa de Isabel se fue disipando, arqueó las cejas y afirmó con la cabeza. Vicente, que estaba trabajando en una de las Thonet y Rafa también miraron con la misma expresión de sorpresa.



   - Exacto –concedió por fin Isabel y saliendo lentamente de su sorpresa.
   - La Pobleta…., madre mía, llevo años pedaleando por sus alrededores con la Bicipalo. ¿Sabías que Azaña trasladó allí el gobierno de la Republica durante un tiempo…?.
   Isabel afirmó con la cabeza y yo eché una última mirada a la Thonet…, el mismo Azaña podría haber tomado café sentado en ella, en alguna de las terrazas mientras contemplaba las mismas cumbres que yo contemplo todos los fines de semana.

 

jueves, 13 de diciembre de 2012

LA BUTAQUITA Y SUS MIL RAYAS.

     La Mariantonieta ya en el taller, con la tela antigua y presentando
 las nuevas patas.
  - "Esa Mariantonieta la tapizamos nosotros y mírala, está entera, pero ahora la clienta la quiere un poco más alta y sin faldón, le enseñé un pata chippendale que tenía por la tapicería y le gustó" - me contaba José Castillo mientras la observábamos a través de la ventanilla de su furgoneta como si fuese una valiosa antiguedad.
  Ahí estabamos los dos afirmando con la cabeza y me imagino que pensando en las miles de Mariantonietas que se tapizaron hace varias décadas, muchas en la propia tapicería de José.
   Era la butaca por excelencia de los dormitorios y de los zaguanes, pequeña, casi de juguete, elegante, graciosa, tímida, redondita como un tambor y siempre sumisa, fácil de mover, de cambiar de sitio, observadora de todo lo que acontecía en los dormitorios, pero fiel y callada.
   Puede que por todo eso, la clienta de José Castillo decidiese retapizarla, enviarla de nuevo al taller de tapicería donde la vistieron para que volviesen a ponerla al día, aunque fuese con más de mil rayas.  

Cortando las piezas, preparando, midiendo.


  Y ya terminada, con sus flamantes y esbeltas patas, con su nueva imagen y siempre fiel.

viernes, 7 de diciembre de 2012

EAMES, PAUCHARD Y DAY, INSPIRAN A CAROLA.


Eames, Pauchard, Day y muchos otros diseñadores y decoradores inspiran a Carola hasta convertir su tienda, llamada "El taller de Carola", como no podía ser de otra manera, en una pequeña joya que ilumina, desde sus enormes escaparates, el lento discurrir de la gente por la Calle Comedias, en pleno casco histórico de Valencia.
   Pese al frío, no he dudado en montar sobre Duna para visitar la tienda y, como siempre, he vuelto a sonreir, bajo el pasamontañas, al escuchar la resonancia de los escapes  cuando rodaba por los túneles del Paseo de la Pechina.  Poco después he dejado que la custom me llevase por la calle de La Paz hasta desviarme por Comedias y muy atento para no despistarme, pero la verdad es que ha sido fácil dar con la tienda. Destellaba desde la esquina, sus lámparas y apliques colgaban del techo y daban a los cristales unos tonos dorados preciosos.
  He atado a Duna con sus bridas y he entrado, ya con el casco en la mano, sonriendo y saludando a Carola y a Marga.
   - Eres... -ha dudado una mujer morena, joven y de melena lisa y dócil.
   - Pedro.
  - Pedro, si, pero no se si llamarte Bicipalo -ha bromeado Carola. 
   - Como quieras..., ains, no he podido evitar tocar a las Eames.
   - A las replicas -me apunta Carola mientras vuelvo a acercarme a esos dos iconos del diseño.


   Ha sido un momento muy especial, por fin, después de hartarme de verlas en las revistas de decoración las he podido ver en vivo; eran réplicas, pero se podía apreciar la armonía, la fluidez de las líneas, los acabados, la madera, el metal y la materia plástica en una mezcolanza elegante y hermosa, realmente como el universo de objetos con que Carola ha sembrado su sitio, su tienda, su taller. 
  Una tienda que rezumaba clase, esencia, gusto, dedicación y cuidado por el detalle. Sonaba un cd de Marga, un sonido que recordaba a los blues de Nueva Orleans, a esas voces de color que evocaban otros tiempos y otros ambientes.
   - Lo siento..., pero tengo que hacer fotos.
   - Pues hazlas.
  - Vale..., pero no os riáis porque las voy a hacer con ésto -he advertido mientras desenfundaba mi viejo Nokia de 2 megapixeles y enfocaba a un precioso mero.

 
      Uno de los rincones favoritos de Carola, me confiesa que le encanta esta silla de rejilla, sutilmente acolchada y que a mi me recuerda mucho a los diseños de Harry Bertoia.

 
    Y otra de las piezas que se llevan los ojos de la decoradora.

                                                  
  Y los relojes vistos desde la calle, a Carola le gusta tenerlos y exponerlos, es como si desease atrapar el tiempo, como si desease viajar en él, realmente un deseo que todos poseemos.


    Ha sido un rato agradable, pero la tienda tiene tirón y Carola tenía que trabajar en uno de los escaparates, al tiempo que varios clientes entraban y se sumergían en ese cosmos del que yo apenas si había capturado algunas imágenes y algunos muy buenos momentos de charla con ellas, con Carola y Marga.

P.D. Si queréis seguir explorando el universo de  Carola podéis hacerlo en su web
                    
                       www.eltallerdecarola.com

  En ella podréis ver muchas más fotos, y lo mejor, podréis leer sus post, seguro que después, si sois de Valencia os pasaréis por la Calle Comedias y os fijaréis en los escaparates del número 6.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

¿LOS SOFÁS PUEDEN SENTIR NOSTALGIA...?.




   Cuando dejamos de soñar se puede decir que empezamos a morir, a dejar de imaginar, a dejar de sentir, a dejar de emocionarnos y a dejar de impregnar a los objetos con parte de nuestra vida y de nuestra energía.

  Yo aún sigo soñando, pero de la misma forma que sueño y me quedo en la inopia, a veces me veo envuelto en pesadillas que me aplastan y que me reducen a un ser casi miserable y del que empiezan a aflorar sus peores rincones.

  Y no, los sofás no sienten nostalgia, carecen de esas emociones que nos hacen tan humanos, tan apasionados o tan viscerales…, pero como se que debo seguir soñando, si no quiero acabar encerrado en mis pesadillas, volví a sonreír cuando vi que otro sofá hecho por mi padre regresaba al taller de manos de otro cliente. Aunque, cuando lo miré de cerca, vi que algunas de las marcas eran mías, las letras y las llamadas parecían tener mi trazo, mucho menos vistoso y artístico que las de mi padre, pero ahí estaban.

 - Vaya, parecen que los sofás tienen nostalgia de este taller –murmuré cuando me asomé a la  Caravelle de Ángel.

 - ¿No me digas que lo has hecho tú…?.

 - Yo o mi padre, es un Arizona, estuvo muy de moda hace unos diez años, hicimos bastantes.

 - Pues la clienta quiere otro pero de 1.90 y con el respaldo cinco centímetros mas bajo.


   Mi padre era meticuloso y amaba su trabajo, él si que era capaz de impregnar cualquier esqueleto, cualquier sofá, cualquier mueble que saliese de sus viejas manos. Era tan preciso que examinando las gastadas plantillas del Arizona, Ángel y yo descubrimos que ese sofá era un modelo especial para José Luis, un tapicero de Moncada que nos lo pedía con el reposabrazos cortado en media luna y más alto de respaldo.



   Satisfacer a la clienta fue fácil, las plantillas que hizo mi padre ahí estaban para que yo pudiese seguir trabajando, casi como si él aún estuviese por allí.

   Al día siguiente, se pasó por el taller Jesús, otro tapicero ya jubilado, un hombre alto, de barba blanca y elegante. Le conté la anécdota y me dijo, tocándome el hombro.

   - Ese es tu padre…, que desde arriba te sigue ayudando.


  

domingo, 2 de diciembre de 2012

ANIMAL PRINT.


    Lo último en animal print y llegado desde el laboratorio del profesor Bacterio. Se trata de una clásica tela de verduras a la que se ha impregnado con genes de un galgo mestizo, también llamado perrigalgo, charnego o regalgo.
   El tejido reacciona con la mirada y es capaz de generar la imagen del animal, con tal realismo, que quien la observa se cree capaz de escribir una novela sobre galgos y niños, sobre recuerdos. Quizás algo excesivamente pretencioso, cuando tan solo se trata de deleitarse con la contemplación, cuando tan solo se trata de un torrente de sentimientos muy intimos y que quizás tan solo sirven para el deleite del observador.