jueves, 29 de noviembre de 2012

TORNEANDO LA SPUTNIK.


 A veces veo imagenes que me sugieren otras, lo curioso es que esa segunda imagen llega a resultar obsesiva y cohabita con la visión real. Algo así me pasó cuando me encontré con estas banquetas entre las paginas de Casa Viva, enseguida me imaginé al mítico satélite ruso, creo que el primero que orbitó alrededor de nuestro hermoso Planeta Azul  y, desde entonces, siempre que recordaba esta banqueta, asociaba impepinablemente la imagen de esa esfera de la que partían cuatro antenas como la cola de un cometa, pero muy finas, como bastoncillos y creo que éso me ha inspirado para hacer mi versión de esta banqueta que también es mesa si le das la vuelta a la tapa.


   Explorando la superficie de Jupiter con el compás.


  Ayer por la tarde empecé con ella, me puse el mandil azul para empezar a tornear las patas, para hacer las antenas..., y me pasó algo curioso, me sentí como más esqueletero, como más profesional y, poco a poco, fuí dando forma, entre las gubias y entre los dientes de las fresas y de la sierra de cinta, a los tablones de haya, hasta que la Sputnik quedó lista para hacerla orbitar entre mis clientes.


                    Y aquí veo a Jupiter y a su eterna tormenta, ahí abajo, a la derecha.




viernes, 23 de noviembre de 2012

ADIOS A LOS MUELLES, ADIOS A LA JUVENTUD.


    Envejecemos, lo hacemos lentamente, día a día y si no fuese por las fotografías casi dudaríamos de que algún día fuimos niños o jóvenes. Sin darnos cuenta vamos cambiando nuestros puntos de vista, nuestras preferencias y nuestros hábitos, incluso llegamos a cambiar los muebles o la decoración del aseo.
   Los sofás también envejecen, las telas se desgastan, la madera se reseca y los muelles van perdiendo  el temple, a veces se parten y las cinchas de yute que los soportan van cediendo, fatigadas después de décadas de uso. La preparada elástica se hunde y nos damos cuenta de que ya casi no podemos levantarnos de nuestro sofá, nos fallan las rodillas y nuestras piernas están casi tan fatigadas como los muelles o como las cinchas.
   Por eso la clienta le pidió a Ángel Zamora que sustituyese los muelles por un asiento más firme y alto.
   - Es que la señora ya es muy mayor y no se puede levantar.
   - ¿Pero seguro que quiere que le quites los muelles y que le subas la altura.
   - Que si, que si…, me lo ha recalcado varias veces.
   - Bueno, vale…, pásate mañana que ya estará.
   - ¿Seguro…?, a ver si te vas a hacer bicicleta y se te olvida.
   - Que no, coño, que pases mañana.
   Ángel se marcha y vuelve a preguntarme desde la ventanilla de su Caravelle si mañana estará el sofá.
   Afirmo con la cabeza y me subo a casa a tomarme mi café torrefacto de las seis de la tarde, durante unos minutos veo el “Sálvame” junto a mi madre y después me vuelvo a bajar al taller, marco un par de tablones, sacó algunas plantillas para suplementar las patas y, poco a poco, el orejero va cambiando de aspecto, casi va rejuveneciendo, adaptándose a la vejez de su propietaria.


     Grapando los suplementos de los costados.

   Suplementando los delanteros

    El trasero ya colocado y asegurado con las escuadras que soportarán el tiro de las nuevas cinchas elásticas.
     Cortando los suplementos de las patas y en la foto de abajo, mi eterna acompañante...., la sierra de cinta.

 Y el orejero listo para ser tapizado y devuelto a su dueña, a la clienta que podrá volver a levantarse coómodamente, sin quejarse y sin sentir la fatiga de sus articulaciones.


viernes, 16 de noviembre de 2012

DOSSIER: Escoger el sofá...., en CASA VIVA, número 186.




   "Dossier: escoger el sofá", éste es uno de los titulares de la portada de Casa Viva, número 186, una portada quizás demasiado sosa y algo fría si la comparamos con las de AD o Nuevo Estilo. Predominan los azules ténues, los blancos y la piel de porcelana de una rubia de aire triste o puede que sencillamente ausente. Se apela a la magia de la madera, quizás como contrapunto a esos ambientes angulosos y demasiado pulcros, puede que como admitiendo que pese a todo, pese a la domótica y a los metales, continuamos sintiendo a la madera como algo demasiado ligado a nosotros y a nuestra historia como humanos.
   La revista se lee con pausa y claridad, la maquetación es sencilla y sin exprimir el espacio; éso se agradece porque puedes leer y ver las fotografías centrándote en cada cosa, en cada imagen, en cada texto y en cada uno de  esos muebles, por eso me fijo en esas dos banquetas geniales con asiento reversible que al tiempo funciona de bandeja y tanto me fijo que posiblemente haga un par de ellas la semana que viene.



  Ante mis ojos desfilan las nuevas modas en papeles pintados, alguna entrevista que trata de aclararnos hacia donde se enfoca la decoración de las futuras viviendas y, por fin, llego a la página 136, al dossier sobre los sofás, a ese reportaje que me ha impulsado a comprar la revista.
   Y en esa anhelada página 136 tan solo me he encontrado con una colección de sofás incómodos, de respaldos bajos y guarnecidos con pequeños cojines y cuadrantes, algo así como los cortesanos o bufones de unos diseños rectos, fríos, masivos, pesados, pero eso si, todos con nombre y con firma, todos con diseñadores de postín y con precios de infarto.



   Termino de ojear ese dossier y me pregunto dónde queda la elegancia y la armonía de siempre, no puedo evitar pensar en el sofá que he modificado esta semana y lo contrapongo a estas vanguardias de la supuesta comodidad y el diseño, a estos sofás que representan lo último de lo último y caigo en la cuenta de que puede que me este quedando desfasado, puede que las modas y las tendencias van demasiado deprisa para mi, incluso puede que las personas ya no se sienten como lo han hecho durante cientos de años y yo ni me he dado cuenta.

 
   En fin, que cada día tengo mas claro que el taller va camino de convertirse en una cueva prehistórica con un homínido dentro de ella que fabrica esqueletajes o armazones de sofás y que más de una vez se asoma a la calle preguntándose si algún día será capaz de salir de ella.

jueves, 8 de noviembre de 2012

TAPIZANDO EN ALTA MAR, TAPIZANDO UN LUJOSO YATE.


   A José Castillo le gusta el mar, siempre ha estado ligado a él, muchas veces pescando a fondo desde la orilla de la playa y, otras tantas, sumergido en sus aguas a pulmón, gozando de ese otro mundo y viviendo momentos inolvidables, hermosos y muy íntimos, en la soledad de la inmersión y con el único sustento de su propio pecho, de ese aire que, segundo a segundo, se va consumiendo y recordándole que no es un llobarro, recordándole que es un hombre y un tapicero, capaz de tapizar un bañera, un sillón reclinable o un precioso yate.


  José me comenta que el tejido blanco que han utilizado para proteger el barco, es de tecnología punta, soporta perfectamente la agresiva interperie marina, protege los tapizados del barco contra el salitre y contra la insolación, contra la temperatura que se puede llegar a alcanzar al permanecer todo el año amarrado. 


   También me comenta que el sistema de anclaje es de lo mejor del mercado, sencillo de asegurar y de liberar, pero inamovible por cualquier circunstancia accidental una vez trabado; se llama Tenax y, obviamente, es inoxidable, como las grapas que han usado para tapizar los paneles de la cabina de cubierta.

   
    José Castillo mirando a la cámara que maneja Jorge, su hermano..., y casi que se puede apreciar un moreno de piel que recuerda mucho al bronceado marino.

sábado, 3 de noviembre de 2012

MADERA COMO CANELA FINA..., PARA UN SENCILLO ESQUELETAJE.


   Los pinos son casi como los hombres, crecen juntos pero son distintos entre si, algunos crecen en las umbrías, otros en las solanas. Unos soportan los vientos y otros viven en vertientes más relajadas o, simplemente, guarecidos entre el mismo pinar. Sus raíces se extienden bajo tierra, reptan a oscuras durante cien años y van alimentando a esos troncos que, al final, llegan a mis manos, desde las Landas francesas, ya aserrados y en forma de tablones que contemplo como a una legión de soldados mudos, fieles y entregados a mi voluntad.

   Están ahí y parece que me miran, yo también los miro y pensaba en ellos hace unas noches, me preguntaba que pasaría el día en el que no tuviese dinero para comprarlos y tantas preguntas me hacía que tardé en dormirme.
  Pero a la mañana siguiente  ellos seguían ahí, unos contra los otros, nobles y esperando a mis manos y a los dientes de la sierra, realmente no le tenían miedo, los tablones sabían que ése era su destino desde el momento en el que homo descubrió que podía hurgar en la tierra con unas de esas ramas desgajadas con forma de punta, desde que descubrió que podía controlar el fuego con la madera o desde que mató su primera presa con una lanza.
  Siempre tengo una mirada amiga para ellos y, normalmente, observo sus vetas, sus texturas y me atrevo a predecir como se comportarán, que pasará cuando empiece a aserrarlos, como doblarán, como garcearán o como se revirarán y si serán rebeldes o dóciles, si se dejarán hacer como hacemos nosotros entre los susurros y los besos de las personas a las que amamos. Nos dejamos amar, tocar y besar, acariciar y oler entre sonrisas y escalofríos, cruzando nuestras miradas completamente desnudos y entregados.
   Y el tablón se deja hacer con la sierra, se deja trepar y cepillar. Se deja medir, mientras mis ojos se deleitan con su cuerpo limpio de nudos, recto y noble, como la más olorosa de las especias, como canela fina, como el cuerpo más hermoso.

   No se queja y se deja recortar, taladrar y encolar, se deja apretar por los gatos y que la pistola neumática atraviese sus vetas con las enormes grapas, se deja atravesar como un crucificado que después muestra otra cara, otra faz, casi como una sonrisa en forma de un  sencillo esqueletaje, en forma de un sofá anónimo y sin nombre que nunca será un icono de la decoración, que nunca será famoso, pero que se dejará tapizar y vestir para reposar en algún salón, en alguna habitación, ya lejos de los bosques que le dieron la vida y de las brumas, de las lluvias y del sol de la primavera, de esa Naturaleza que le dió un alma pura y hermosa…, mientras fuera del taller, anochece y llueve.