


Son gatos de apriete que ni maúllan, ni arañan, que tampoco ronronean, tan solo obedecen a las muñecas de mis brazos, tan solo aprietan esas dos piezas de haya contra si mismas. Con cada vuelta de manivela, el fleje de acero se flexa ligeramente y sigue comprimiendo, sin maullar, sin quejarse. Los gatos hacen que la cola supure, que escape por la junta de la madera mientras la presión asegura que los poros se beban el adhesivo que queda entre las caras cepilladas.
Los gatos se quedan ahí, como cuando se quedan al sol sobre los tejados, inmóviles, callados, sin desfallecer, ejerciendo esa presión sin titubeos, sin momentos de debilidad. Permanecerían así años y años, obedeciendo a la voluntad de homo, manteniendo las piezas unidas durante cientos de años, hasta que la madera fuese muriendo lentamente, encogiéndose, mermando en volumen, perdiendo humedad. Entonces y solo entonces, los gatos aflojarían esa mordida y quedarían sobre los restos polvorientos, de nuevo inmóviles y quietos, pero ya relajados.
Pero esas patas Chippendale no pueden esperar a la eternidad y las mismas muñecas liberan a los gatos de esa obligación, casi como la mandíbula de un perro de presa que muerde y no suelta, que encaja la mandíbula después de clavar los dientes, muy distintos a los de la sierra de cinta que giran y giran enloquecidos dando forma a esas patas, largas y sinuosas, casi como serpientes, como víboras hocicudas o como a una pareja de pitónes perdidas por la vieja carpintería.
Curiosas formaciones de serrín, como dunas que el viento no ha creado, han sido los movimientos de la pieza durante el corte, dentellada tras dentellada.
menudo artista estas echo
ResponderEliminarTorres, amigo..., hoy he recibido el correo de un chaval murciano haciendome unas consultas, le he respondido y de paso le he dicho que tengo unos cuantos muy buenos amigos murcianos y moteros..., y moteras.
ResponderEliminarUn abrazo muuu grande Torres. Por cierto, ayer conocí a Jodiotitit, estaba de paso con su churri para ir a visitar a Biel a las islas. Fui jefe de ruta con mi Duna.
Genial! La Duna de capitana de ruta!
ResponderEliminarQué arte tienes chiquillo, darle forma con palabras a la madera... eso no lo logra cualquiera! Mil éxitos en tu valioso trabajo!
Así es Pili, nada, fue una rutita por la city, pero no obstante recordé todas las enseñanzas de Aguila Culebrera y traté de aplicarlas, miraba por el retrovisor,indicaba los cambios con antelación...., y disfrutaba de ese ratito "rulando". De vuelta a casa, ya solo, de hecho les acompañé hasta la Avenida del Puerto para que cogieran el ferry..., pues eso, que de vuelta, iba yo gozando del atardecer urbano encima de Duna, cuando descubrí que unos ojos femeninos miraban a Duna desde un descapotable azul electrico..., ¿ o seria a mi...?.
ResponderEliminarAdemás de un magnífico carpintero hablas de tu trabajo como un poeta.
ResponderEliminarPor cierto, que fragmentos de suelo tan bonito en tu carpintería.
Saludos
Jurguen, me gusta escribir y divagar y la verdad es que esas patas me recordaban continuamente a eso, a una pareja de aspides. El taller era una vivienda, mi padre alquiló el patio trasero y con el tiempo compraron el bajo y mis hermanas mayores nacieron aquí. Despues nos fuimos a vivir de alquiler en un piso de la misma calle y el bajo quedó como está ahora, como taller de esqueletaje, como carpinteria. A este suelo se le llamaba "suelo hidraulico" porque las losetas se imprimian con prensas hidraulicas.
ResponderEliminarY gracias por la visita, Jurguen.