
Manolo ya me preguntó hace unas semanas si podía hacerle un conjunto de sofá más chaise longue para su hijo, como ya conté, vino una tarde y me enseñó la lámina, pues bien, antes de irme de vacaciones empecé a trabajar en él, justo a mediados de julio, cuando el telefono se muere, cuando enmudece, cuando se calla y termina entrando en un inquietante letargo estival para desperezarse en septiembre; siempre ha sido así y espero que siga siéndolo.
El armazón parece que pierde impacto junto a los gigantescos reposabrazos, realmente es lo que más destaca de este conjunto, pero cuando esté tapizado aún será más espectacular porque en esos mismos reposabrazos irán encajados unos cojines que deberán recrear una continuación de los cojines de los asientos.
Y precisamente por esa anchura tuve que encolar varios tablones, como siempre, cola blanca, gatos de apriete, fieles y callados, firmes, tenaces, inamovibles.



Después venía marcar las consolas y cortar en la sierra de cinta, hasta ahí todo era relativamente fácil, la complicación venía a la hora de ensamblarlo al bastidor. Un reposabrazos con ese vuelo resulta una eficaz palanca para sentarse en él y arrancarlo. Fue necesario fijarlos antes de montar el armazón con cola y tirafondos.




La chaise longue recibiendo los brazos.




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