Los recuerdos son a
veces la única compañía en el taller de esqueletaje, cuando los viejos portones
de madera me aíslan de la calle y del mundo. Surgen cuando descuelgo las
plantillas hechas por mi padre del sillón de orejas Topolino, todo un icono de
la tapicería valenciana que ocupaba viviendas humildes, de salitas recogidas y
pequeñas. Un orejero bajito y de reposabrazos que declinan, perdiendo altura
hacia unas barras que buscan las patas traseras con un acusado giro, con una
media vuelta que se convertía en la seña de identidad del pequeño sillón, un sillón
de otra época, un sillón que me recuerda a mi padre, a mi infancia y que me
hace preguntarme si esos recuerdos son reales, si realmente una vez fui
niño, si mi padre vivió realmente. La inmediatez, el momento, el ya… eso es la
realidad, siempre tuve 50 años y las arrugas siempre serpentearon entre mis
manos o en mi rostro... eso es lo que siento.
“Tirada de brazos
delante, detrás a escuadra…” escribe mi padre, oigo su voz respondiendo a la
pregunta que solo suena en mi mente, ¿estos brazos como irán…? me parecen ver sus manos retorciendo el hilo de palomar o escribiendo sobre el cartón que se ha impregnado del serrín posado en el
durante más de una década. Con su caligrafia vigorosa y elegante, intensa,
meticulosa, con garra, con una energía que incluso calentaba los pomos de la “universal”,
yo sentía ese calor en mis manos cuando él se apartaba y me decía.
- Ya has visto como
lo hago, hazlo tu.
Entonces es cuando sentía
ese calor, cuando sujetaba los pomos de baquelita para mover las palancas que
desplazaban el carro de la broca solidaria al eje de la máquina… y ahora mismo
creo percibir esa intensidad, esa pasión en las plantillas, solo papá pudo
hacerlas, entonces el pasado es real, los recuerdos son realidades pasadas, vividas, aunque nuestra
mente se centre en el ya, en el presente, en cada minuto, en cada inspiración.