lunes, 23 de julio de 2012

LA RINCONERA DE MARIANGELES Y LA ELEGANTE MANO DE JAVIER.

De vez en cuando, mi amiga Mariangeles me visita en la vieja carpintería. Cuando acontece el evento y la veo aparecer, necesito un buen rato para recomponerme, para centrarme y  poder escucharla con atención y es que mi amiga es espectacular, alta, esbelta, de mirada intensa y con unos rasgos faciales que se llevan mis ojos, por mucho que intente apartar la mirada para atender a la conversación.
Recuerdo que aquel día Mariangeles me preguntó casi temerosa de escuchar una respuesta negativa.
- Oye Pedro..., tu haces sofás,¿no...?.
- Pues va a ser que si, je, je, je.
- Es que no lo tenía demasiado claro..., pues verás es que tengo un problema; no hay forma de encontrar una composión de tres plazas más chaise longue, pero de línea clásica y con los brazos redondos. Me dicen que éso no se lleva, que ahora se imponen las líneas rectas y limpias, que es la tendencia actual y que lo que yo quiero no lo voy a encontrar y ni me lo van a hacer.
- Joder..., pues precisamente éso es lo que yo hago, lo que nadie encuentra y lo que nadie quiere hacer.

 
Continúamos la charla y fuí capaz de escucharla, de centrarme en sus deseos y en las fotografías que tenía marcadas en un par de revistas de decoración. Recuerdo que también consiguió un catálogo de El Kilo Americano y en él me señaló dos sofas que reunían parte de la estética que deseaba. También me enseñó un precioso boceto que Javier, su compañero, había hecho para la futura decoración de su salón. Poco a poco fuimos aclarando ideas, perfilando las líneas, pero el momento álgido llegó cuando subí a su piso y, entre ella y Javier, creamos una tormenta de ideas y sugerencias sobre las medidas y sobre el tipo de sofá. Recuerdo que yo no terminaba de ver  un sofá más chaise longue, no terminaba de encajar esa composición, al final, según recordaba Mariangeles entre risas, di un zapatazo y dije.
- Nada, se acabó, haremos una rinconera curva, como las de toda la vida, coño.
Al día siguiente empecé a sacar las plantillas del rincón suelto y Mariangeles empezó su particular viacrucis en busca de la tela de sus sueños. En ellos veía un tejido rosado y decorado con trazos dorados, pero era en sueños. La realidad fue más cruda, aunque en una de las tiendas de Cirilo Amoros dió con una dependienta que pareció leer esos sueños, o eso pensó Mariangeles cuando le enseñó la pieza de tela rosada que ella deseaba.
- Es bastante cara, a 120 euros el metro y para un sofá es algo floja.
La siguiente tienda que Mariangeles visitó quedó un poco lejos, realmente era un viaje que ya tenía previsto y voló hasta la India a pasar unos días de vacaciones y en una de las escapadas que hizo, fuera de los circuitos turísticos, se dejó caer por Jaipur, la llamada Ciudad Rosa, un universo de tejidos y texturas donde volvió a encontrarse con esa tela de sus sueños, pero a un precio muy distinto.

Regresó a España con un montón de metros en la maleta y unos pocos días después la llamé para que me indicase como quería las ondas del respaldo. No deseaba un respaldo recto, anhelaba unas siluetas, como colinas suaves, quizás con las viejas lomas de La Manchuela.
Mariangeles apareció por la carpintería ilusionada y sonriente, me fue indicando donde deseaba esas elevaciones del copete y a que altura, las fuí marcando en cartón y al día siguiente Julián y Jose, de Tapizados Gomez, cargaron la rinconera en su Volkswagen y empezaron a tapizarla, a engalanarla, a dar forma a los deseos de mi amiga.
La siguiente vez que visité a Mariangeles en su piso encontré mi armazón ya vestido, tapizado con esa tela rosada y maquillada con unas trazas doradas que parecían salirse de la rinconera para ir posándose por casi todos los rincones de la casa.

Pero, realmente, eran las manos y el gusto de Javier quienes habían recogido esos tintes dorados para repartirlos por toda la casa, para resucitar a unas puertas acabadas en un sapely oscuro y tétrico, con un lacado elegante y sosegado, luminoso, cálido y enriquecido con el dorado de las molduras y de los listones con los que cuadriculó el cristal.Pero Javier también se había atrevido con las paredes, quizás porque es un magnífico pintor y decorador y para eso, para decorarlas, preparó varias trepas, siempre bajo el gusto y el deseo de Mariangeles que combinaba la querencia hacia los dorados y las tallas, hacia un estilo barroco y recargado, pero repartido con pocos muebles y en dósis ligeras y armoniosas. Como el mueblecito plateado que alegraba la esquina del pasillo o la preciosa consola bajo la cortina fruncida, bajo esa cascada de tejido que me recordó a una catarata, de aguas salvajes y briosas, a un torrente de alta montaña que se precipitaba desde las cumbres.









domingo, 4 de marzo de 2012

UN SOFA DE DISEÑO ITALIANO PERO CON ARMAZÓN Y TAPIZADO ESPAÑOL.




Muchas veces, las clientas llegan con revistas de decoración, con recortes o con un catálogo italiano de sofás en el cual han encontrado uno que les gusta, uno de esos modelos de diseño, uno de ésos que, perfectamente, podrían ilustrar alguno de esos catálogos de firmas de renombre , prestigiosas, elitistas, exclusivistas y de precios disparatados, caros y, a veces, injustificables.


En este caso, el sofá se caracterizaba por un frontal muy estrecho y una enorme pieza de goma-espuma ocupando todo el asiento, sustituyendo a los tradicionales cojines, incluso en el respaldo, al tiempo que la clienta habia anotado, sobre el catalogo, algunas medidas especiales respecto a la altura del brazo.
Estuve haciendo algunos bocetos y al final volví a recurrir a las plantillas hechas por mi padre hace más de diez años. El modelo Javea, convenientemente modificado, podría valer para replicar ese modelo italiano.

Y de nuevo papá echándome una mano con sus letras, con sus números, con la pasión del viejo ebanista.

Los largueros cortados en la sierra de cinta y preparados para cepillar y regruesar en la Universal.

El respaldo ya montado.

Resposabrazos delantero y el larguero listos para ensamblarse a caja y espiga.

Y el modelo italiano de encargo hecho una realidad.

Se puede observar la superficie plana del asiento que recibirá
un tablero al cual se habrá pegado el gran bloque de goma-espuma, prescindiendo del tradicional cinchado con bandas elásticas.

Detalle del resplado, espontaneo incluido, je, je, je.
Y el sofá que tan solo existía en un catálogo y en la ilusión
de una clienta con gusto.


miércoles, 15 de febrero de 2012

JOAQUÍN MARTÍNEZ, UN TAPICERO DE LA VIEJA ESCUELA.

Duna y yo hemos callejeado por el centro de Valencia hasta parar frente a la tapicería de Joaquín Martínez Alabor, en la calle Grabador Selma, número 4, pero antes de apagar el motor he echado una mirada al escaparate y no he podido evitar recordar tiempos pasados, cuando Joaquín abría su taller en la misma calle Goya, a pocos metros de mi carpintería. Era habitual verme acercándole los sofás y muchas tardes me quedaba allí un ratito viendo como su hermano Rafa los tapizaba mientras me contaba anécdotas de cuando era aprendiz o de cuando montaba a caballo..., aunque realmente, la anecdota ecuestre siempre era la misma.

Y una vez dentro de la tienda-taller, Joaquín me recibe sonriendo y como siempre, rodeado de docenas de muestrarios de telas; ahí donde miro me encuentro con muestras y catálogos, con todo tipo de tejidos, telas, texturas. Desde tribales rafias hasta las clásicas chenillas o verduras, entre microfibras, polipieles, linos, rasos, estampados o lisos.

Joaquín era bueno en éso, en moverse para buscar telas exclusivas, distintas, diferentes y atractivas, aunque, a veces, los clientes prefieren acabados clásicos, colores sobrios y serios, como el precioso terciopelo con que han vestido a los Capris que monté la semana pasada. Así, con su nueva piel, el orejero cambia por completo y Joaquín sonríe satisfecho al observarlo, mientras me da la sensación que todos esos muestrarios nos miran como diciendo, "conmigo habría quedado mejor....".

El Capri mostrándose acogedor, cálido, blandito....., y eso que aún le falta el cojín del asiento; Duna y yo hemos llegado demasiado rápido.

La madera queda oculta, esperando a que dentro de unos años, el cliente decida cambiar de tela, cambiar de piel, cambiar de imágen..., quizás unos cinco años después, o puede que unos ocho años más tarde, aunque, a veces, la comodidad de los orejeros es tan duradera que llegan a alcanzar la mayoría de edad renovando su pelaje una y otra vez.