jueves, 5 de julio de 2012

20 GATOS PARA DOS PATAS CHIPPENDALE




Son gatos de apriete que ni maúllan, ni arañan, que tampoco ronronean, tan solo obedecen a las muñecas de mis brazos, tan solo aprietan esas dos piezas de haya contra si mismas. Con cada vuelta de manivela, el fleje de acero se flexa ligeramente y sigue comprimiendo, sin maullar, sin quejarse. Los gatos hacen que la cola supure, que escape por la junta de la madera mientras la presión asegura que los poros se beban el adhesivo que queda entre las caras cepilladas.
Los gatos se quedan ahí, como cuando se quedan al sol sobre los tejados, inmóviles, callados, sin desfallecer, ejerciendo esa presión sin titubeos, sin momentos de debilidad. Permanecerían así años y años, obedeciendo a la voluntad de homo, manteniendo las piezas unidas durante cientos de años, hasta que la madera fuese muriendo lentamente, encogiéndose, mermando en volumen, perdiendo humedad. Entonces y solo entonces, los gatos aflojarían esa mordida y quedarían sobre los restos polvorientos, de nuevo inmóviles y quietos, pero ya relajados.
Pero esas patas Chippendale no pueden esperar a la eternidad y las mismas muñecas liberan a los gatos de esa obligación, casi como la mandíbula de un perro de presa que muerde y no suelta, que encaja la mandíbula después de clavar los dientes, muy distintos a los de la sierra de cinta que giran y giran enloquecidos dando forma a esas patas, largas y sinuosas, casi como serpientes, como víboras hocicudas o como a una pareja de pitónes perdidas por la vieja carpintería.

Curiosas formaciones de serrín, como dunas que el viento no ha creado, han sido los movimientos de la pieza durante el corte, dentellada tras dentellada.