Pablo García me ha llamado bastante pronto, pues aún no eran las ocho de
la mañana, la verdad es que es el único tapicero que llama tan temprano.
Necesitaba doce patitas para cambiárselas a un tresillo, quedaba muy bajo y le urgía
porque el trabajo tenía que enviarse al día siguiente, por la tarde, a Galicia.
Un rato después su hijo Salva se pasó por el taller y me trajo las
muestras, algunas de ellas tenían
carcoma pero en conjunto estaban en buen estado, habían soportado bien el paso
de los años pero la clienta las quería casi nueve centímetros más altas; no
había otra opción más que hacerlas nuevas.
Saqué unas plantillas en cartón y me sorprendió ver como las 12 patas le
daban un buen bocado a un hermoso tablón de haya que los dientes de la sierra
de cinta se encargó de trocear. La cepilladora regruesó hasta 4,5 centímetros
de grosor y, después, fui marcando las patas. La sierra volvió a cortar la madera, pero con un tajo limpio y
siguiendo las líneas del bolígrafo; después llegaron los cortes de las tiradas
en las patas traseras, usando una plantilla para poder cortar a escuadra y, más
tarde, marcando con la falsa regla para dar la tirada final. Cuando terminé de
desbastar volvió a sorprenderme como esas doce patas habían consumido tanta
madera, no lo aparentaban, tampoco el tiempo que estaba invirtiendo en ellas.
La lijadora se encargó de pulir la madera, de alisarla, de dejarla suave
y lista para el pulimento, que lo haría el mismo Pablo, me lo comentó cuando le
llamé por teléfono para avisarle de que las patas ya estaban listas para
recoger.
En ese momento caí en la cuenta de que nunca le había visitado en su
tapicería y le dije que me gustaría
pasarme por allí y tirar algunas fotos. Quedamos para antes de almorzar y cuando
Duna y yo paramos en la puerta, me llevé una agradable sorpresa, sonreía ante
el color de la fachada.
















































