jueves, 11 de octubre de 2012

TAN SOLO 12 PATAS DESPUNTADAS.




   Pablo García me ha llamado bastante pronto, pues aún no eran las ocho de la mañana, la verdad es que es el único tapicero que llama tan temprano. Necesitaba doce patitas para cambiárselas a un tresillo, quedaba muy bajo y le urgía porque el trabajo tenía que enviarse al día siguiente, por la tarde, a Galicia.
   Un rato después su hijo Salva se pasó por el taller y me trajo las muestras, algunas de  ellas tenían carcoma pero en conjunto estaban en buen estado, habían soportado bien el paso de los años pero la clienta las quería casi nueve centímetros más altas; no había otra opción más que hacerlas nuevas.


   Saqué unas plantillas en cartón y me sorprendió ver como las 12 patas le daban un buen bocado a un hermoso tablón de haya que los dientes de la sierra de cinta se encargó de trocear. La cepilladora regruesó hasta 4,5 centímetros de grosor y, después, fui marcando las patas. La sierra volvió  a cortar la madera, pero con un tajo limpio y siguiendo las líneas del bolígrafo; después llegaron los cortes de las tiradas en las patas traseras, usando una plantilla para poder cortar a escuadra y, más tarde, marcando con la falsa regla para dar la tirada final. Cuando terminé de desbastar volvió a sorprenderme como esas doce patas habían consumido tanta madera, no lo aparentaban, tampoco el tiempo que estaba invirtiendo en ellas.



   La lijadora se encargó de pulir la madera, de alisarla, de dejarla suave y lista para el pulimento, que lo haría el mismo Pablo, me lo comentó cuando le llamé por teléfono para avisarle de que las patas ya estaban listas para recoger.
 

 En ese momento caí en la cuenta de que nunca le había visitado en su tapicería  y le dije que me gustaría pasarme por allí y tirar algunas fotos. Quedamos para antes de almorzar y cuando Duna y  yo paramos en la puerta, me llevé una agradable sorpresa, sonreía ante el color de la fachada.

martes, 1 de mayo de 2012

AMARGURA Y TRISTEZA ENTRE BALANCINES.



El cliente me trajo un viejo balancín, tapizado con polipiel verde y con bastantes agujeros de carcoma; lo tenía en el almacén y una clienta lo vió y lo encontró gracioso y cómodo. Me trajo la muestra y me pidió que le hiciera dos iguales.
No le puse muy buena cara, el balancín era de madera vista y ése no es mi fuerte, requiere usar haya, que es bastante cara, y luego dedicarle bastantes horas de lijado pero, al final, me convenció y empecé a sacar unas plantillas, a trocear los pesados tablones de haya y, después, a cortar en la sierra de cinta, para después empezar a lijar.

En la foto superior se puede ver el delantero encolado y, al mismo tiempo, forzado en una posición para corregir la llamada, en argot, garcea. Se trata de que las piezas no guardan una paralela perfecta entre ellas, por eso se encola forzando ese revirado.

Los balancines terminados, con los bastidores de respaldo y asiento sueltos. Estas piezas se tapizan por separado, facilita enormemente el acabado de los balancines y se aprovecha el tiempo que pasan en el pulimento.
Al cliente le gustaron y yo le comenté que los pondría en el blog, entonces me miró de medio lado y dijo.

 
- Joder, como te estas aprovechando de nosotros.

 
Me quedé perplejo, sin habla y recordé una frase que habia leído en el
face y que, más o menos, decía algo así, "antes de preguntarte si tienes una depresión, pregúntate si es que no estas rodeado de gilipollas...."

martes, 28 de febrero de 2012

TERCIOPELO NEGRO PARA LA COQUETA CHAISE LONGUE

Duna y yo visitamos la tapicería de Josep Avelino Devis, dejamos la urbe, el centro de Valencia y llegamos hasta Casas de Bárcena, un pueblecito típico de la huerta valenciana; los campos de tierra esponjosa y rica se abren a las mismas puertas del local y el ambiente se percibe despejado, fresco, con matices de otros tiempos y de otras formas de vida.


Pero quien me recibe no es Josep, es Manolo, su oficial, que se asoma cuando oye el sonido de Duna, me mira casi perplejo y mueve la cabeza asombrado ante la 535.
-¿Quién te ha tapizado el sillín...?.
- Pedrín..., tu aprendiz.
Manolo vuelve a cabecear..., Pedrín es mi sobrino y estuvo trabajando con él hace unos cuantos años, pero la juventud suele ser inquieta y, a veces, poco reflexiva. Pedrín se marchó de la tapicería y Manolo perdió el que podría ser uno de los últimos aprendices del oficio.
Mi llegada les sorprende a punto de almorzar, les pido que continúen y así lo hacen; la verdad es que estoy a punto de sentarme con ellos. Almuerzan en el mismo taller, sentados uno junto al otro, empresario y trabajador, compartiendo aceitunas, altramuces, unos sorbos de vino tinto.


De nuevo, contemplo una imagen de otro tiempo con la diferencia de que no hay chiquillos barriendo el taller o ayudando a desclavar, no hay jóvenes aprendiendo el oficio junto al oficial, que obra de trabajador y de maestro, al tiempo que produce y trasmite el conocimiento.
Pero todo cambia, y no vale aquello de que "tiempos pasados fueron mejores", fueron distintos, fueron otros tiempos.
Mientras almuerzan me dedicó a trastear y a echar unas fotos, aunque cuando me encuentro con la coqueta chaise longue me siento algo defraudado. Un terciopelo negro apaga sus líneas, casi que desluce sus formas redondas, suaves y agradables..., pero las manos de Manolo han hecho bien su trabajo, como siempre, y consigue que el capitoné del respaldo y del brazo den vida a ese negro que, de vez en vez, es capaz de reflejar algún brillo.

Me encanta como ha claveteado los tachones, los sigo con la mirada y agradezco el color, el pulimento en el remate del brazo, que añade algo de luz y contrasta, aunque sea ligeramente.

Antes
Después
Antes
Después
Y allí, entre piezas de goma espuma, entre esqueletaje esperando ser tapizado, entre máquinas de coser, descubro unas líneas retorcidas, enrevesadas, finas y elegantes, tiras de madera que trazan dibujos como en el aire, tan finos y delgados.

Una delicada mecedora esperando a las manos de Manolo, a su gusto, a su mimo...., en la tapicería de Josep Avelino Devis, en plena huerta, en la carretera vieja de Barcelona, nº 16, en Casas de Bárcena.

jueves, 23 de febrero de 2012

JAIME FABRA, NACIDO EBANISTA.

Visito a Jaime Fabra en su ebanistería de la Pobla de Vallbona y lo descubro troceando las barras traseras de un lote de sillas.
- "¡Hombre, Pedro...!" -me saluda.
Le pregunto por Juana, su mujer, y añade:
- "Mírala, allí está en la replantilladora".
La oportunidad de ver a Juana manejando la máquina, me ilusiona tanto que dejo a Jaime con la palabra en la boca y corro hacia la replantilladora. Y allí encuentro a Juana, concentrada, atenta, seria y fijando con precisión una nueva barra.

Sonrío satisfecho, como si yo fuese el empresario y ella la mejor oficial de la ebanistería. Sigo observándola y deduzco que Juana es fundamental en la vida de Jaime. Los dos forman un equipo coordinado, afectuoso, compenetrado. Ella está ahí, en la oficina o encolando sillas, conduciendo la furgoneta o comprobando las cuentas, manejando la replantilladora o el ordenador, anotando los pedidos, contrastando datos..., ella está ahí.
Charlo un rato con Juana y le digo que me voy a perder por la nave a tirar fotos.
- "Pero a mi no me saques ninguna..." -ruega un instante antes de que le saque dos fotos.
Y en la nave descubro un rostro que me mira serio y lleno de vida.

Descubro un auténtico cosmos, un auténtico océano de plantillas,  modelos,  tallas, torneados. Allá donde miro descubro maravillas surgidas de la mano de Jaime, me encuentro con maderas nobles, con incrustaciones de ébano o nácar, de caoba o nogal. Descubro los deseos hechos realidad de dibujantes y diseñadores. Ellos saben que Jaime creará lo que  han imaginado, por difícil que sea, por complejo o complicado que sea el diseño.
Casi como un Dios, mi amigo y sus oficiales van dando forma a cualquier capricho, a cualquier mueble, a cualquier deseo por delirante que sea.

Juana y Jaime me acompañan al altillo para darme unas explicaciones, tengo que hacerles un sofá del que no tengo plantillas. Allí arriba, se acumulan decenas de muestras y de restos de series y más plantillaje, más modelaje, cientos de modelos.


Algo difícil de ver hoy en día, un tallista trabajando con las gubias y la pequeña maza y junto a él las manos del calador.

Y junto a él, la pieza ya calada, recortada, perfilada..., esperando el pulimento o el pan de oro, un tono caoba o un plata.
Antes de marcharme entramos en el despacho y nos relajamos un poco, Jaime me confiesa que está cansado, demasiada presión mental, demasiada tensión ante el pedido de su mejor cliente. Un encargo complejo y compuesto de varias docenas de piezas, cada una de distinto diseño y, de nuevo, repleto de tallas,  molduras,  fresados, dorados.
Un reto que pone a prueba Jaime, a Juana y a sus oficiales..., pero que gravita entorno a él y a sus decisiones, a sus conocimientos, a su experiencia, a su intuicion, a su memoria capaz de recordar un modelo que fabricó hace siete años y que ni siquiera estaba ya en el banco de datos del cliente.
Sonrío y trato de explicarle a Jaime porque es capaz de recordar aquel modelo.
- "Por las horas que dedicaste a él, por las preocupaciones que te causó, por el tiempo y la concentración que te supuso...., pero lo más cachondo es cuando viene el cliente, lo mira y dice "pues no me acaba de gustar....".
Jaime sonríe cabeceando.
- "Así es, Pedro, así es".