jueves, 8 de noviembre de 2012

TAPIZANDO EN ALTA MAR, TAPIZANDO UN LUJOSO YATE.


   A José Castillo le gusta el mar, siempre ha estado ligado a él, muchas veces pescando a fondo desde la orilla de la playa y, otras tantas, sumergido en sus aguas a pulmón, gozando de ese otro mundo y viviendo momentos inolvidables, hermosos y muy íntimos, en la soledad de la inmersión y con el único sustento de su propio pecho, de ese aire que, segundo a segundo, se va consumiendo y recordándole que no es un llobarro, recordándole que es un hombre y un tapicero, capaz de tapizar un bañera, un sillón reclinable o un precioso yate.


  José me comenta que el tejido blanco que han utilizado para proteger el barco, es de tecnología punta, soporta perfectamente la agresiva interperie marina, protege los tapizados del barco contra el salitre y contra la insolación, contra la temperatura que se puede llegar a alcanzar al permanecer todo el año amarrado. 


   También me comenta que el sistema de anclaje es de lo mejor del mercado, sencillo de asegurar y de liberar, pero inamovible por cualquier circunstancia accidental una vez trabado; se llama Tenax y, obviamente, es inoxidable, como las grapas que han usado para tapizar los paneles de la cabina de cubierta.

   
    José Castillo mirando a la cámara que maneja Jorge, su hermano..., y casi que se puede apreciar un moreno de piel que recuerda mucho al bronceado marino.

miércoles, 15 de febrero de 2012

JOAQUÍN MARTÍNEZ, UN TAPICERO DE LA VIEJA ESCUELA.

Duna y yo hemos callejeado por el centro de Valencia hasta parar frente a la tapicería de Joaquín Martínez Alabor, en la calle Grabador Selma, número 4, pero antes de apagar el motor he echado una mirada al escaparate y no he podido evitar recordar tiempos pasados, cuando Joaquín abría su taller en la misma calle Goya, a pocos metros de mi carpintería. Era habitual verme acercándole los sofás y muchas tardes me quedaba allí un ratito viendo como su hermano Rafa los tapizaba mientras me contaba anécdotas de cuando era aprendiz o de cuando montaba a caballo..., aunque realmente, la anecdota ecuestre siempre era la misma.

Y una vez dentro de la tienda-taller, Joaquín me recibe sonriendo y como siempre, rodeado de docenas de muestrarios de telas; ahí donde miro me encuentro con muestras y catálogos, con todo tipo de tejidos, telas, texturas. Desde tribales rafias hasta las clásicas chenillas o verduras, entre microfibras, polipieles, linos, rasos, estampados o lisos.

Joaquín era bueno en éso, en moverse para buscar telas exclusivas, distintas, diferentes y atractivas, aunque, a veces, los clientes prefieren acabados clásicos, colores sobrios y serios, como el precioso terciopelo con que han vestido a los Capris que monté la semana pasada. Así, con su nueva piel, el orejero cambia por completo y Joaquín sonríe satisfecho al observarlo, mientras me da la sensación que todos esos muestrarios nos miran como diciendo, "conmigo habría quedado mejor....".

El Capri mostrándose acogedor, cálido, blandito....., y eso que aún le falta el cojín del asiento; Duna y yo hemos llegado demasiado rápido.

La madera queda oculta, esperando a que dentro de unos años, el cliente decida cambiar de tela, cambiar de piel, cambiar de imágen..., quizás unos cinco años después, o puede que unos ocho años más tarde, aunque, a veces, la comodidad de los orejeros es tan duradera que llegan a alcanzar la mayoría de edad renovando su pelaje una y otra vez.