sábado, 13 de octubre de 2012

LOS OREJEROS ROSIE, LUCIENDO RETAPIZADO Y PATAS NUEVAS.

 
  José Castillo ha tenido el detalle de enviarme las fotos de los orejeros ya vestidos con las nuevas telas y con sus nuevas patitas Chippendale, ésas que pusimos juntos y que sustituían a unas torneadas, bueno, realmente en una de las fotos aún se pueden ver.
  Estos Rosie (Capri) los hicimos aquí, en el taller, pero ya no recuerdo si papá aún vivía y han vuelto para rejuvenecerlos,  de la misma forma que los clientes han vuelto a la tapicería de José Castillo para que ellos los resturen. 
   Es una especie de círculo que se alimenta del buen oficio y de la impronta positiva dejada en el cliente. Desde luego, hay veces que el cliente no queda satisfecho, no se puede hacer pleno siempre, pero satisface cuando esa persona te vuelve a llamar y, a veces, pregunta antes de continuar.
    - Perdone...,¿aún siguen abiertos...?, bueno, imagino que usted será el hijo, es que hace muchos años su padre me tapizó un sofá...
   Esta anécdota me la contaba el mismo José..., y los dos sonreíamos al ser conscientes de que nos había pasado a los dos, al ser conscientes de que ya no íbamos de las manos de ellos, de los papás.

                                                     
  Un detalle importante cuando se retapiza una pieza, se desclava todo, es decir que se quita la tela vieja y se examina la gomaespuma, si conserva su firmeza se deja, pero si se observan muestras de fatiga o de podredumbre también se sustituye.
  Ahí radican las diferencias de precios cuando se dan presupuestos de restauración.


                                                            Jorge se ríe porque repetimos 
                                            el tema de la platabanda elástica.


                                                              El cinchado inferior de yute en 
                                                  perfecto estado

                                         Y en esta foto se ve muy bien como 
                                         sobresale  la famosa platabanda de muelles, 
                                         la llamada bandeja en el argot del tapicero.


viernes, 4 de mayo de 2012

ENTRE MAESTROS TAPICEROS Y CORTINEROS.

Juan Vicente Comes me llamó para reclamarme los plafones de un Capri que le había servido la semana pasada. Tardé apenas unos minutos en cortarlos y en montar sobre Duna; a ella también le apetecía darse una vuelta por la ciudad o éso entendí cuando, desde sus preciosos escapes recurvados, surgió su respiración densa, caliente y, poco después, sonora y profunda cuando trazábamos la amplia curva del túnel.


Ese momento nos gusta, especialmente, el ruido del bicilíndrico; rebota entre las paredes de hormigón y se mezcla con los nuevos ciclos del v-twin en medio de un rumor que varía sutilmente al girar el puño del gas y remontar la rampa. Dejamos el subterráneo y volvimos a emerger y poco después paramos en la puerta de la tapicería de Juan Vicente Comes.
Nada mas entrar me encontré con un sofá precioso, con un viejo conocido de la firma Wing Chair, que mi padre llamaba "modelo bisagra", porque los reposabrazos se sujetaban a los costados con unas bisagras de piano. Allí estaba con su preciosa base de madera vista, dorada, pulimentada en una especie de nogal rojizo y con sus piñas, como bañadas en oro, esperando a los cordones pasamanería, que las entrelazarían, sujetándolas y dejando caer los reposabrazos hacia los lados.

 
Y frente a él, también esperaba otro conocido, el Capri ya terminado y  falta de rematar con los plafones…, pero cuando apenas di un par de pasos hacia el interior de la tapicería volví a viajar en el tiempo.

Rafa, uno de los oficiales de Juan, desclavaba y retiraba la goma vieja de un sofá, de un modelo que enseguida reconocí. Rafa también sonreía y me decía:
- Mira, mira…, a ver si reconoces esta T -y señalaba con los alicates la rúbrica del viejo ebanista.


Claro que la reconocí, era la firma de mi padre, su impronta…, pero lo que me hizo permanecer callado unos instantes fue el reconocer ese modelo; era de Francisco García, otro tapicero mítico, ya fallecido. Allí estaba Rafa, restaurando un sofá hecho por dos personas que ya no estaban entre nosotros, volviendo a dar vida y uso a un mueble que atesoraba el conocimiento, la experiencia y parte de la vida de Magaña, como apodaban a Francisco García, y de mi padre.
Frente a Rafa, Vicente, otro de los maestros oficiales, presentaba y ataba los muelles de una sillería de estilo; en su pierna descansaban los hilos y en sus manos y entre sus dedos, la habilidad y el conocimiento.

 
Charlaba con ellos, cuando alguien entró sin hacer ruido, con paso lento y casi con timidez, pero sonriendo, era Julio, otro maestro, otro oficial, otra persona con oficio que se formó en una de las tapicerías más prestigiosas de Valencia, en Mariano Gracia. Después dejó la tapicería, se especializó en cortinas y por lo que me han contado se convirtió en uno de los mejores, tanto a la hora de medir como a la hora de cortar las telas o colocar desde una clásica y sencilla gotera hasta los delicados paneles orientales.
Y allí estaban todos, maestros tapiceros o cortineros, incluso un esqueletero que se puso el casco y que volvió a escuchar el retumbar de los escapes cuando desapareció por el subterráneo.

miércoles, 15 de febrero de 2012

JOAQUÍN MARTÍNEZ, UN TAPICERO DE LA VIEJA ESCUELA.

Duna y yo hemos callejeado por el centro de Valencia hasta parar frente a la tapicería de Joaquín Martínez Alabor, en la calle Grabador Selma, número 4, pero antes de apagar el motor he echado una mirada al escaparate y no he podido evitar recordar tiempos pasados, cuando Joaquín abría su taller en la misma calle Goya, a pocos metros de mi carpintería. Era habitual verme acercándole los sofás y muchas tardes me quedaba allí un ratito viendo como su hermano Rafa los tapizaba mientras me contaba anécdotas de cuando era aprendiz o de cuando montaba a caballo..., aunque realmente, la anecdota ecuestre siempre era la misma.

Y una vez dentro de la tienda-taller, Joaquín me recibe sonriendo y como siempre, rodeado de docenas de muestrarios de telas; ahí donde miro me encuentro con muestras y catálogos, con todo tipo de tejidos, telas, texturas. Desde tribales rafias hasta las clásicas chenillas o verduras, entre microfibras, polipieles, linos, rasos, estampados o lisos.

Joaquín era bueno en éso, en moverse para buscar telas exclusivas, distintas, diferentes y atractivas, aunque, a veces, los clientes prefieren acabados clásicos, colores sobrios y serios, como el precioso terciopelo con que han vestido a los Capris que monté la semana pasada. Así, con su nueva piel, el orejero cambia por completo y Joaquín sonríe satisfecho al observarlo, mientras me da la sensación que todos esos muestrarios nos miran como diciendo, "conmigo habría quedado mejor....".

El Capri mostrándose acogedor, cálido, blandito....., y eso que aún le falta el cojín del asiento; Duna y yo hemos llegado demasiado rápido.

La madera queda oculta, esperando a que dentro de unos años, el cliente decida cambiar de tela, cambiar de piel, cambiar de imágen..., quizás unos cinco años después, o puede que unos ocho años más tarde, aunque, a veces, la comodidad de los orejeros es tan duradera que llegan a alcanzar la mayoría de edad renovando su pelaje una y otra vez.