lunes, 4 de marzo de 2013

FINN JUHL EN MI TALLER DE ESQUELETAJE.

Finn Juhl posando junto a su especial número 45,
 se puede ver el delantero, ligeramente curvado,
 y el estrecho cojín del asiento.

  Miriam se asomó al taller tan respetuosa y sonriente como siempre.
   - Pedro..., ¿vas ha estar un rato más...? -me preguntó y yo sonreí ilusionado porque sabía lo que me iba a proponer- es que así te bajo la silla.
 Continué sonriendo excitado y afirmé con la cabeza.
   - Claro que te espero, venga, bájala que me muero de ganas de verla y de tocarla.
 Al ratito, ella y su chico aparecieron por el taller y colocamos la número 45 de Finn Juhl encima de la mesa, cabeceé satisfecho y toqué la magnifica pieza, la mitica pieza del diseñador danés, una pieza que parecía ser de hueso, liviana, sencilla pero al tiempo rezumando diseño e imaginación desde cada una de sus estilizadas líneas. 

                                             
  Por fin tenía un icono del diseño en el viejo taller de esqueletaje, por fin podía observarla con detalle y calma, podía mirarla y remirarla buscando algún golpe de punzón, alguna numeración, alguna etiqueta que acreditara que tea en el taller una auténtica número 45. 
   Hubo un momento en el que pensé que podía ser original, la hechura de una sola pieza del reposabrazos me llenó de esperanzas, pero, después de documentarme por la red, descubrí que no era original, pero eso si, era una magnífica réplica, anónima, sin firmas, pero llena de dignidad y de buen hacer. 
  Rápidamente le hice una primera sesión de fotos y le envié la primera de ellas a Kat, de El jardin de los Muffins, enseguida noté como la decoradora catalana se entusiasmaba tanto como yo, aunque ella no la tuviese al alcance de la mano.

La réplica de la 45 de Juhl a las puertas del taller
En esta imagen se puede observar el ensamble
en inglete entre la pata delantera y el reposabrazos.
    Ese ebanista desconocido replicó la Juhl en haya y ensamblando la pata delantera y el reposabrazos en inglete, ahí estaba la diferencia principal. Finn Juhl la había concebido uniéndola a 45 grados, igualando las paredes y alojando en su interior un grueso mechón, así la pieza se estilizaba, aportando elegancia y gracia sin perder consistencia.
   Quizás por eso estas piezas tengan tanta personalidad, Juhl no las concebía como muebles únicamente, mezclaba en ellas las influencias escultoóricas de algunas amistades y el resultado eran asientos flotantes que se distanciaban de la estructura de madera, eran formas sinuosas, casi flexibles, como tendones elásticos que eran capaces de volverse rígidos cuando alguien decidía sentarse en esas creaciones casi oníricas. Por cierto, Juhl no habría podido convertir sus sueños en realidad si no hubiese encontrado a un ebanista capaz de entenderle y de creer en esa forma de crear y diseñar..., pero lo encontró y las creaciones de ambos se siguen vendiendo y fascinando a quienes las poseen.
  Juhl recreaba dos piezas independientes, la tela y los rellenos por un lado y el esqueleto de madera vista por otro e incluso cuando diseñaba piezas completamente tapizadas, no perdía esa pureza de líneas, esa estrechez, esa divina delgadez que a mi también me hipnotiza.

La "silla del cacique" en unos colores y con un tapiazado orgánico, antropológico, tribal.
Silla modelo Pelícano, inconfundible.
La número 45 en mis colores favoritos.
Y el conocido modelo Poeten de Juhl junto a su Pelícano.

lunes, 25 de febrero de 2013

LOS MITICOS BASCULANTES YA RETAPIZADOS.


                                                                                   
  Esta mañana he visitado a los hermanos Gómez, bueno la verdad es que la visita no ha sido casual, el viernes pasado me comentaron que los basculantes estaban quedando muy bien, ya con los bastidores nuevos y con la carcoma muerta por asfixia en la cámara de gas.
    Julían cabeceaba y mientras ayudaba a su hermano a comprimir los muelles, comentaba.
  - Si que le tiene cariño esta mujer a los sillones, si..., la faena que llevan, bastidores nuevos, cámara de gas, tela nueva...., ¿te gusta la tela, Pedrín...?.
  Mi padre me llamaba Pedrín..., y los viejos clientes me siguen llamando Pedrín y a mi me gusta, pese a que ya tenga que usar gafas para ver de cerca.
                                                      
Jose aplica lo último en tecnología de medición
para igualar la altura de los muelles.
Para evitar que los muelles "rechinen",
 Jose y Julian forran los retales de cuero.




     Y cuando veo ta la tela, cuando veo esa gama de azules vuelvo a recordar a Marga, realmenteme recuerda a la imagen que usa en su perfil de blogger..., no puedo evitar imaginar cosas y por eso vuelvo a divagar cuando me siento en el basculante ante las miradas atentas de Julián y José, espectantes ante mi opinión, ante mi parecer.
   - Coño... -murmuró cuando noto como el sillón cede hacia atrás hasta hacer tope- no bascula..., pensaba que se balancearía.
   - No, no... -responde Julian- la sentada es así.
   - Ya.
   Me inclino hacia delante y es entonces cuando noto como el basculante me ayuda a levantarme, como me facilita incorporarme. Sonrío y les miro, vuelvo a dejarme llevar por mis ensoñaciones y recuerdo el comentario de Tapestry en el primer post sobre estos orejeros tan vintage y tan originales,"es la primera vez que veo algo así...", y Tapestry no es un aprendiz de quince años, es un tapicero experimentado y con años de oficio.
   - Desde luego, el tío que se invento ésto tuvo que pensar -apunta Jose.
   - A mi me da que esto se hizo para que los ancianos se pudiesen levantar...,si haces un orejero con mucha tirada de respaldo es cómodo, pero a una persona mayor le cuesta un huevo levantarse y más si el asiento de es de muelles...-aventuro- pero si haces un respaldo con poca tirada, pero que se inclina cuando te sientas, resulta cómodo y encima te puedes levantar sin esfuerzo...., yo no le veo más sentido.
   Julián, arruga la frente, se acerca al basculante, se sienta, sonríe y me mira.
   - Pues creo que tienes razón, Pedrín.

     Julián y Jose observan satisfechos mis movimientos alrededor del orejero, aunque también oyen mis quejidos cuando me agacho y me levanto.
   - Joer..., que me he mareado...., ¡ostras Pedrín, ésto también hay que fotografiarlo...! -exclamo descubriendo las últimas creaciones de Jose, ceniceros y portavelas hechos con latas de birra recicladas.  



       

sábado, 23 de febrero de 2013

ACERO Y PIEL, UN WASSILY TAPIZADO CON PIEL DE VACA.

 
                                                                              
    Duna se hizo la remolona a la hora de arrancar pero al final la mezcla de aire y gasolina explotó y el cigueñal dió una vuelta, después otra y una más, cientos, miles de vueltas que comenzaron a transformarse un sonido agradable acompasado que subitamente se volvió un bramido infernal cuando el asfalto se hundió en la tierra y entramos en el largo túnel. El huracán quedó arriba, también el fuerte viento racheado que nos habia zarandeado y que me habia acribillado la cara con una nube de polvo convertida en diminutos perdigones, pero allì abajo, entre los muros de hormigón, el sonido rebotaba y se sumaba al del tráfico, al de la rodadura, al de los esapes. 
   Un bramido ensordecedor que la primera que sentí me aterrorizó, lo recuerdo perfectamente, aquella vez, encima de mi 125, pensé que estaba a punto de ser aplastado por un trailer, pero no, era mi falta de experiencia. En los túneles ocurre eso, te sientes más indefenso que nunca, te sientes vulnerable, débil y como vendido en medio de ese ruido infernal, envuelto en la penumbra y observando fijamente los pilotos rojos del coche que te precede, sin ver el asfalto, siguiéndolo, manteniendo la distancia y teniendo la sensación de que las ruedas giran en el vacío.
   Pero el sonido se esfumó al salir del túnel, regresó el sol y el empujón del viento. Duna y yo bailoteamos un poco, fuimos de un lado a otro del carril y de nuevo la tierra volvió a balearnos
  El viento llegaba enloquecido desde las montañas y peinaba las extensas huertas, se llevaba consigo miles de granitos de tierra y los lanzaba contra nosotros. Impactaban contra el casco jet, contra la visera, contra el deposito, contra los cilindros. El viento aullaba, incluso entre los resquicios de la puerta de la tapicería de Josep Avelino Devis.
  Acaba de llamar al timbre y escuchaba sorprendido como silvaba, como variaba de tono, como cantaba y chirriaba escurriéndose entre las junturas del aluminio, de esas hojas que también vibravaban y se sumaban al alucinante coro, hasta que Josep abrió la puerta.
   - ¡ Coño, que aire hace...! -protesté.
   Pasé y me encontré con el taller lleno de piezas para retapizar, alguna descalzadora, un par de balancines, alguna butaca de madera vista y ya dentro, cerca de la mesa de corte descubrí un sillón Wassily que me miró balanceando su enorme cabeza y sin dejar de rumiar.




                                                                                                     
   Un preciosa piel recubría el acero cromado y curvado, el icono del diseño mostraba los preciosos dibujos de la naturaleza, se dejaba vestir por algo natural y ancestral, por algo que permitió a homo sapiens colonizar la vieja Europa y soportar las glaciaciones y los inviernos maás crudos, que permitió acunar a sus bebés cálidamente entre pieles trabajadas con útiles de piedra, que llevó al descubrimiento de las agujas de hueso, del hilo y de las costuras y que empezó a esbozar el camino, del ornamento, del arte, de la decoración, de los oficios primigenios.