viernes, 4 de marzo de 2016

UN SILLON DE REVISTA.






      
 
  Apenas si tardo unos segundos en reconocerlo pero aún así me pregunto ¿es él...? parece la primera versión del R-160, ancho, de respaldo bajo, de amplias orejeras y reposabrazos rasos. Observo las patas, el cuadradillo superior y entonces no tengo dudas, es él y ese armazón lo he hecho yo.
  Me siento halagado y contemplándolo en la revista lo encuentro diferente al modelo australiano, lo encuentro con otro aire, con personalidad propia,  con la impronta de mi diseño, de mi replica.
   Continuo mirándolo y reflexionando, tratando de asimilar lo que ese sillón ha influido en mi vida..., sonrío y paso la pagina, pero vuelvo atrás y continuo sonriendo..., que chulos están los flamencos, aunque hubiese preferido canguros..., y sonrío un poco mas.
  

viernes, 26 de febrero de 2016

OREJERO BASCULANTE EN ROJO Y NEGRO.







 
     

  Ya estaba en La Casa... en la casa que mi amiga Joa compró en Sot de Ferrer, sus anteriores dueños lo dejaron allí junto con algunas cosas mas y en él y junto a la estufa de sus abuelos pasó mi amiga su primer invierno, con las cumbres de la Calderona al otro lado de las ventanas y con la chimenea ardiendo, quemando troncos de carrasca, y pedazos de pino y haya traídos desde el taller de esqueletaje. Unas llamas danzantes, coreografías ardientes y vivaces sobre un escenario de brasas, frente a la vieja estufa de gas, tan anciana como el basculante tapizado en polipiel rojo y negro.
    - Mis abuelos ya se calentaban con esta estufa, pero solo encendían una placa para no gastar mucho gas, era un salto alucinante, del brasero a la estufa. Pasaban largos ratos mirando la placa, sentados en las sillas de enea..., ¿sabes Pedro...?, mis abuelos nunca compraron un sofá -me cuenta Joa, mientras alimenta la chimenea, mientras la anciana estufa, ronca con sus tres placas encendidas y yo vuelvo mis ojos hacia el viejo basculante, una auténtica rareza, una especie de endemismo que solo se hizo en la Comunidad Valenciana.
  Y dejo volar la imaginación, me pregunto a quien se le ocurriría la idea de colocar unas hilera de muelles de tapicería en la parte trasera del sillón para convertirlo en algo parecido a un balancín.
   - A mi marido le cuesta levantarse... a mi señora le gustan los balancines pero se marea si se mueven mucho... es que los asientos de muelles son muy caros... y los de cinchas muy duros.
   El tapicero se preocupó por  esos clientes, les prometió que les llamaría en unos días y llegada la hora de cerrar, el aprendiz se marchó, pero él se quedó, cerró las puertas de la tapicería, sujetó entre sus encallecidos dedos uno de los muelles que usaban para los asientos elásticos y miró a su alrededor, observó los asientos preparados con cincha reciclada de neumáticos y los preparados con yute... pero no vio nada más, continuó observando y descubrió al aprendiz esperando tras la puerta de cristal.
   - ¿Se te a olvidado algo...? -preguntó, abriendo la puerta.
   - No se me ha olvidado nada, Don Luís..., pero es que he estado pensando toda la tarde en eso que le han dicho los clientes.
   - Ya me he dado cuenta, has tenido que desclavar los bastidores y volver a hacerlos.
   - Si, eso es verdad..., pensaba en otra cosa y se me ha ocurrido algo.
   - ¿Qué se te ha ocurrido...?
   - ¿Y si ponemos  atrás muelles en vez de patas...? ¿Qué pasaría...? -respondió el aprendiz, quitándose el chaquetón de pana, que había usado su padre antes que él y agachándose junto al esqueleto de un orejero.
   Cogió cuatro muelles, los alineó sobre el trasero y apoyó el armazón lentamente, presionó un poco y el orejero basculó hacia atrás. Apretó un poco más y uno de los muelles se comprimió de lado hasta deformarse y salir rebotado hacia el tapicero, que se había agachado junto a su aprendiz.
   - ¡Cojones..! -exclamó apartando la cara y esquivando el muelle- ¡en vez de aprender, pierdes el oficio...! vete para casa que aún me sacaras un ojo con tus inventos de bombero.
  El aprendiz agachó la cabeza, se abrigó de nuevo con el chaquetón, abrió la puerta, pero se detuvo al escuchar la voz de don Luis
   - ¿Dónde te crees que vas, chaval...? los muelles habrá que atarlos para que no salgan volando, ¿no...?
  Observo el orejero tapizado en rojo y negro y sonrío, escucho a la vieja estufa roncar, las brasas fluctúan, ya no hay bailarinas que se contorsionan y fuera de La Casa ya ha caído la noche. 
  

viernes, 22 de enero de 2016

5 SILLAS DANESAS EN LA SIERRA CALDERONA










  
  Dejo de pedalear, durante unos momentos me convierto en Sara y sonrío como sonríe la protagonista de "La decoradora" cuando descubre algún icono del diseño abandonado en algún contenedor, olvidado en algún descampado, en algún solar..., o en la terraza de una humilde caseta levantada en las estribaciones de la sierra Calderona.
   Freno, desmonto y dejo la Bicipalo apoyada en el murete, me quito los guantes y durante unos segundos vacilo, no soy capaz de entrar en esa propiedad, pero Sara lo haría, ella no dudaría en saltar el murete y subir a la terraza. No hay nadie, no hay valla, no hay rejas ni puertas que impidan acercarme a esas cinco sillas cuidadosamente colocadas alrededor de la vieja mesa, cubierta con un hule a cuadritos y rodeado por viejos sofás que pasan todos los días del año bajo el porche de rasilla.
 

 
 
 
 
   Y Sara no duda en saltar el murete, no duda en fotografiar a las cinco sillas danesas, finas, esbeltas, sencillas, tan elegantes, tan diferentes, de piel tan clara. La madera ha desteñido y adquiere un matiz grisáceo en los extremos de las patas torneadas, el polipiel claveteado es de un tono marfil que ha soportado el paso de las décadas sin cuartearse, sin desgarrarse.
 

 
 
 
   Recuerdan a la piel blanca de las danesas que venían a nuestras playas, altas, espigadas, rubias..., las sillas son así, pero están lejos de la playa, lejos de la arena. Cinco danesas en la sierra Calderona, de tez pálida, con las cinchas rotas pero con sus trabas firmes, con sus ensambles sólidamente encolados.
   Les echo un ultimo vistazo y vuelvo a colocarlas alrededor de la vieja mesa cubierta por el hule..., que bonitas y elegantes son.
   Sara las mira y se muerde el labio, de buena gana se las llevaría en su C15..., pero no puede ser, esa furgoneta y Sara solo existen en mi imaginación.
  Vuelvo a montar sobe la Bicipalo, pedaleo cuesta abajo y durante unos segundos me parece oír un motor a mi espalda, el sonido de la Citroën, echo una mirada rápida y tan solo veo la caseta mas lejos y la lengua de asfalto ligero que asciende hacia la Cueva del Judío, en las estribaciones de la Sierra Calderona.
 

martes, 19 de enero de 2016

RESUCITANDO EL SILLON DE SIGMUND FREUD.




     
 
 Antropomorfo e inquietante...., el sillón sobre el que Freud escuchaba a sus pacientes, me mira desde el banco de trabajo.
   Aun no está terminado pero aún así, en estado de gestación, resulta sugestivo y atrayente, casi como lo prohibido, como lo oculto, como lo desconocido, como eso que habita en lo profundo de nuestra psique y que el padre del psicoanálisis se empeñaba en desenterrar, escuchando sentado en el sillón, de piel, como de piel humana, como una proyección de homo, agazapado a la espalda del neurólogo, con sus brazos proyectados hacia delante, envolviéndole y con las manos unidas a las consolas de haya que recuerdan a las varillas o a los hilos que mueven las marionetas, o a los tendones y nervios que ascienden por un respaldo estrecho rematado en un cabezal de parietales ensanchados.
 

 
 
    El cerebro parece crecer solo hacia los lados, un crecimiento deforme, extraño, desagradable..., eran los traumas, las fobias, los odios, los anhelos y deseos reprimidos.

 
 
 
   El camino del crecimiento, de la maduración mental, atravesando campos a veces sórdidos, extraños, vergonzosos, inconfesables..., lo que nos hace ser como somos, brillantes, complejos, diferentes, imprevisibles a veces, aunque previsibles cuando las emociones nos manejan, cuando el cerebro reptiliano aparece y anula el neocortex, cuando la química inunda las circunvoluciones cerebrales y el consciente, el yo racional se ve contra las cuerdas acosado por el otro que habita en nosotros mismos.
   Y el sillón parece mirarme, incluso parece reír cuando le digo en la soledad del taller de esqueletaje.
 
 
 
   - Te voy a bautizar como "El sillón de hacer Vudú".
   Pero el antropomorfo no monta en cólera, me observa, deja escapar una voluta de humo y contesta.
  - Hablas desde tu otro yo, desde ese que se reprime y que nunca dice no..¡¡¡¡, no quieres que nadie te clave mas agujas, ahora las quieres clavar tu, así te ves y así me ves.
  

martes, 12 de enero de 2016

UNA SILLA INSPIRADA EN LA SERIE CONTOUR DE GRANT FEATHERSTON.




   
      El R-160 curvo no va a estar solo, José Luis me pide seis sillas a juego de ese sillón que poco a poco se ha hecho un hueco en mi corazón y en mis sentimientos.
    Algo está cambiando a mi alrededor, quizás sea una percepción demasiado optimista, quizás sea una percepción anhelada o deseada, pero me da la sensación de que mi trabajo empieza a darme un placer diferente al del dinero, que no es abundante ni mucho menos. 
 

 
 
   El taller se está convirtiendo en mi verdadero hogar, en un lugar donde surgen piezas, donde se crean objetos inanimados que poco a poco me llenan de vida. Se está convirtiendo en un refugio, puede que en un cubil o en una madriguera, puede que en una cueva..., no lo se, pero mi padre hizo mucha vida en él, casi todas mis hermanas nacieron en esa planta baja..., es posible que se esté convirtiendo e el centro de mi universo.
   Y Joa dijo al ver esa foto..., " parece que te la haya hecho un angel..."

sábado, 9 de enero de 2016

RAY Y CHARLES EAMES en "LA DECORADORA"




    


   Deseaba llegar a este capitulo de "La decoradora", titulado "The Showroom", porque sabia que de ser capaz de escribir hasta aquí, podría terminar esta novela, aunque desde luego el trabajo de pico y pala no ha cesado y aún queda bastante trecho por escribir, pero a uno se le pone una sonrisilla en la cara muy gustosa.

Fragmento del capitulo X "The Showroom".


   - Joder…, pero qué coño – murmuró la decoradora, apoyándose en la barandilla de hierro y alargando el cuello hacia la vivienda que descubrió tras las dociles ramas de unos eucaliptos crecidos frente a ella. Un hombre, vestido con  vaqueros acampanados y con un jersey de lana de cuello alto color crema, barría la hojarasca del césped, pero tenía especial cuidado en no tocar las avecillas negras que permanecían sobre la hierba con las cabezas estiradas, elegantes, altivas…, incluso dejó el rastrillo y se agachó frente a una de ellas para limpiar el plumaje negro con un trapo.- no puede ser, no puede ser –repitió Sara observando de nuevo aquella vivienda de cristal, aquellos rectángulos que se cruzaban uno sobre el otro y que se apoyaban en vigas de madera que sobresalían por los extremos de unas paredes que realmente eran enormes ventanas enmarcadas en hierro negro. Pese al reflejo y a la distancia podía distinguir algo del mobiliario, aunque parcialmente, los estores y algunos paneles de colores rojos amarillos y azules, velaban la transparencia del vidrio.

    Carecía de cubierta o de terraza, tan solo un alero de pizarra negra avanzaba desde un lateral de la cristalina fachada, hacia el jardín enmarcado por los eucaliptus, aunque el césped llegaba hasta los mismísimos ventanales, anclados a ras de las losas de terracota que rodeaban la vivienda y sobre los que reposaban dos sillones de estilo danés, bajitos, inclinados y con los asientos de cuerda- estoy flipando –volvió a murmurar la decoradora sintiendo como su corazón volvía a acelerarse como cuando descubrió los perfiles del Papa Bear en aquel mar de escombro.