sábado, 19 de mayo de 2012

DANZANDO ENTRE JUGUETES, UN APUNTE DE DECORACIÓN.



La semana pasada un amigo y vecino me pidió que subiese a su casa para darle mi parecer sobre el sofá que debía ocupar el salón de la casa. Me confesó que habían estado visitando bastantes tiendas de mobiliario pero no encontraban nada que encajase en las especiales medidas de la casa y con el problema de tener que mover el sofá, un par de veces al día, para poder tender y recoger la ropa.
Me encontré con un salón decorado con gracia pero con un pequeño hueco de 1,35 metros donde encajar una rinconera, de sección redonda que iría separada del sofá de 1,95 m.,  provisto de ruedas ocultas y de un asidero, disimulado tras los cojines del respaldo, para poder mover la pieza.
Tomé medidas y antes de marcharme me enseñó el resto de la casa, incluso las habitaciones de sus hijos, chica y chico. En la de la niña me encontré con un detalle que me hizo sonreir y que me emocionó.




Mi amigo había hecho para su hija, una barra de danza muy especial, una barra de metacrilato repleta de juguetes, de cachivaches que se iban guardando cada vez que merendaban fuera de casa o cada vez que compraban un huevo kinder. Por unos instantes imaginé a la chiquilla haciendo sus ejercicios de la mano de esos juguetes que la observaban desde dentro del tubo, aunque lo que mi amigo no sabía, es que alguna noche, esos muñequitos desenroscaban las tapas de los laterales y trataban de imitar a su hija bailando encima de la barra..., quizás por eso, alguna mañana, Cristina se preguntaba que hacían los muñequitos encima de la alfombrilla, allí caidos y fuera de la barra de danza.



domingo, 13 de mayo de 2012

UN ARMAZÓN DE LINEAS ÉTNICAS, UN SOFÁ DE ESTILO TRIBAL.

Cuando me trajeron la foto de este sofá, me gustó, me recordó a los cuernos de un elefante o a los cuellos de jirafa que soportan algunas mujeres de etnias asiáticas o africanas,  apresados por las tradiciones y por las creencias, por las culturas ancestrales.


El esqueletaje o armazón del Kripal no es muy complejo pero si espectacular; por cierto, yo lo habría bautizado como Triban o Marfil. Es uno de esos modelos que me gusta hacer y que después me gusta contemplar. Es una pieza que decora la vieja carpintería y que, durante los días que está en ella, atrae las miradas de los visitantes.


En un plano de frente se pueden observar esos reposabrazos altos y elegantes, que se arquean hacia dentro y, pese a las pocas líneas curvas del sofá, le dan mucha elegancia y ligereza, a pesar de medir dos metros y medio por uno de profundo. Tiene la línea de un bañera clásico, es decir, mantiene la misma altura en brazos y respaldo.

viernes, 4 de mayo de 2012

ENTRE MAESTROS TAPICEROS Y CORTINEROS.

Juan Vicente Comes me llamó para reclamarme los plafones de un Capri que le había servido la semana pasada. Tardé apenas unos minutos en cortarlos y en montar sobre Duna; a ella también le apetecía darse una vuelta por la ciudad o éso entendí cuando, desde sus preciosos escapes recurvados, surgió su respiración densa, caliente y, poco después, sonora y profunda cuando trazábamos la amplia curva del túnel.


Ese momento nos gusta, especialmente, el ruido del bicilíndrico; rebota entre las paredes de hormigón y se mezcla con los nuevos ciclos del v-twin en medio de un rumor que varía sutilmente al girar el puño del gas y remontar la rampa. Dejamos el subterráneo y volvimos a emerger y poco después paramos en la puerta de la tapicería de Juan Vicente Comes.
Nada mas entrar me encontré con un sofá precioso, con un viejo conocido de la firma Wing Chair, que mi padre llamaba "modelo bisagra", porque los reposabrazos se sujetaban a los costados con unas bisagras de piano. Allí estaba con su preciosa base de madera vista, dorada, pulimentada en una especie de nogal rojizo y con sus piñas, como bañadas en oro, esperando a los cordones pasamanería, que las entrelazarían, sujetándolas y dejando caer los reposabrazos hacia los lados.

 
Y frente a él, también esperaba otro conocido, el Capri ya terminado y  falta de rematar con los plafones…, pero cuando apenas di un par de pasos hacia el interior de la tapicería volví a viajar en el tiempo.

Rafa, uno de los oficiales de Juan, desclavaba y retiraba la goma vieja de un sofá, de un modelo que enseguida reconocí. Rafa también sonreía y me decía:
- Mira, mira…, a ver si reconoces esta T -y señalaba con los alicates la rúbrica del viejo ebanista.


Claro que la reconocí, era la firma de mi padre, su impronta…, pero lo que me hizo permanecer callado unos instantes fue el reconocer ese modelo; era de Francisco García, otro tapicero mítico, ya fallecido. Allí estaba Rafa, restaurando un sofá hecho por dos personas que ya no estaban entre nosotros, volviendo a dar vida y uso a un mueble que atesoraba el conocimiento, la experiencia y parte de la vida de Magaña, como apodaban a Francisco García, y de mi padre.
Frente a Rafa, Vicente, otro de los maestros oficiales, presentaba y ataba los muelles de una sillería de estilo; en su pierna descansaban los hilos y en sus manos y entre sus dedos, la habilidad y el conocimiento.

 
Charlaba con ellos, cuando alguien entró sin hacer ruido, con paso lento y casi con timidez, pero sonriendo, era Julio, otro maestro, otro oficial, otra persona con oficio que se formó en una de las tapicerías más prestigiosas de Valencia, en Mariano Gracia. Después dejó la tapicería, se especializó en cortinas y por lo que me han contado se convirtió en uno de los mejores, tanto a la hora de medir como a la hora de cortar las telas o colocar desde una clásica y sencilla gotera hasta los delicados paneles orientales.
Y allí estaban todos, maestros tapiceros o cortineros, incluso un esqueletero que se puso el casco y que volvió a escuchar el retumbar de los escapes cuando desapareció por el subterráneo.

martes, 1 de mayo de 2012

AMARGURA Y TRISTEZA ENTRE BALANCINES.



El cliente me trajo un viejo balancín, tapizado con polipiel verde y con bastantes agujeros de carcoma; lo tenía en el almacén y una clienta lo vió y lo encontró gracioso y cómodo. Me trajo la muestra y me pidió que le hiciera dos iguales.
No le puse muy buena cara, el balancín era de madera vista y ése no es mi fuerte, requiere usar haya, que es bastante cara, y luego dedicarle bastantes horas de lijado pero, al final, me convenció y empecé a sacar unas plantillas, a trocear los pesados tablones de haya y, después, a cortar en la sierra de cinta, para después empezar a lijar.

En la foto superior se puede ver el delantero encolado y, al mismo tiempo, forzado en una posición para corregir la llamada, en argot, garcea. Se trata de que las piezas no guardan una paralela perfecta entre ellas, por eso se encola forzando ese revirado.

Los balancines terminados, con los bastidores de respaldo y asiento sueltos. Estas piezas se tapizan por separado, facilita enormemente el acabado de los balancines y se aprovecha el tiempo que pasan en el pulimento.
Al cliente le gustaron y yo le comenté que los pondría en el blog, entonces me miró de medio lado y dijo.

 
- Joder, como te estas aprovechando de nosotros.

 
Me quedé perplejo, sin habla y recordé una frase que habia leído en el
face y que, más o menos, decía algo así, "antes de preguntarte si tienes una depresión, pregúntate si es que no estas rodeado de gilipollas...."

sábado, 28 de abril de 2012

EL TAPICERO QUE VEÍA LA TELA SOBRE LA MADERA Y EL ESQUELETERO QUE VEÍA LA MADERA BAJO LA TELA.


Tapestry me preguntaba si no tenía ninguna foto del Warhol tapizado; el tapicero aragonés no puede evitar tratar de tapizar el sofá aunque sea en su imaginación, pero sus manos tampoco pueden estar quietas y al final, tecleando y tecleando ha dado con esta foto, sacada de www.corbisimages.com, de nuestro Warhol, ya tapizado.
Tapestry ha conseguido que diese un salto sobre mi sillón giratorio y me ha hecho decir que con la cabeza. No es exactamente la imagen que yo recordaba, pero desde luego es el sofá y vamos..., creo que el rubiales es Andy Warhol, ¿no...?.

viernes, 27 de abril de 2012

ANDY WARHOL INSPIRÓ ESTE SOFÁ


Recuerdo que el cliente llegó con una foto tomada desde la televisión, en ella se podía ver a Andy Warhol sentado en un sofá tapizado en rojo y con unos reposabrazos bastante originales. El genial creador respondía a las preguntas apoyado en uno de esos brazos que descendían desde el respaldo formando una media luna perfecta.
Y partiendo de unos planos a escala real, fuí sacando las plantillas de un esqueletaje que, durante un tiempo, me causó cierto respeto. El Warhol, como yo siempre lo he llamado, me inquietaba, sobre todo, a la hora de encajar los brazos en el copete, es decir, en la parte alta del respaldo. Después de varias pruebas decidí terminar esas piezas a pulso en la sierra de cinta, dando cortes y revirando la pieza hasta conseguir una armonía de líneas descendentes, que se reviraban hasta volver a buscar la horizontalidad a la altura de la consola. Ésa era la parte más compleja del esqueletaje y la que requería de una mayor visión espacial a la hora de idear cómo mecanizar esa media luna que, antes de trabajar, había que encolar para conseguir la amplia curva.


Las piezas de las que saldrán los brazos recurvados, recién troceadas y listas para cepillar y regruesar.











Pero el resultado valió la pena y cuando termino uno de estos Warhol, no hay vecino que pase y no se quede mirando la potente estructura de dos metros y medio de eslora y con esos brazos revirados que recuerdan a una inmensa planta carnívora..., o mejor a un sofá carnivoro que te acogerá para no liberarte jamás. Y desde luego..., a mi padre también le habría gustado hacer este sofá, uno de esos sofás de los que te quedas satisfecho una vez terminado y te hace sonreir.