¡Más madera que es la guerra....!, y la locomotora devora ese tren que los delirantes hermanos desguazan en una secuencia genial y ya mítica. ¡Más madera que son sofasesssss....!, podría gritar yo mismo contemplando los tres metros cúbicos de madera que se apoyan en la fachada de la vieja carpintería, pero prefiero tomármelo con calma y parsimonia. Son casi 100 tablones que iré entrando poco a poco, echando miradas a la calle y riendo ante la travesura de un niño chino, de poco más de ocho años, que ha descubierto el túnel que los tablones han dejado entre ellos y la pared. Espera agazapado y cuando salgo salta sobre mí riendo y entrecerrando aún más esos ojos que parecen desaparecer en su carita.
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| Juro que por ahí asomó el chinito. |
Pidiéndole a un vecino que me haga una foto y cargando al hombro con otro tablón, entrando con él y regresando sobre la senda que, poco a poco, se ha ido formando con mi trasiego. El polvo del piso se ha ido apartando con las turbulencias provocadas por las campanas de los vaqueros y vuelvo a la calle, cargo otro tablón y me adentro en el taller, escucho tacones, dejo el tablón a toda prisa y regreso a la calle trotando excitado. Conozco esos pasos y veo alejarse a la vecina, es ella la que se contonea con cada paso, la que oscila entre sus caderas pero no vuelve la cabeza...., y siempre es así, a veces me pregunto si soy invisible. Cargo otro tablón y sigo la senda, me tengo que concentrar en éso, en cargar tablones y en guarecerlos. Es mi pan, vivo de ellos y como gracias a ellos.
Vuelvo a salir y sonrío ante el último tablón..., cuando lo entre me subiré a casa a prepararme un torrefacto negro, muy negro y muy fuerte, pero con una sutil pizca de leche condensada.












































