viernes, 14 de septiembre de 2012

CABECERO TAPIZADO CON OREJAS.

Montar sobre Duna se ha convertido en un placer. Rodar plácidamente, envuelto en el sonido del bicilíndrico y sintiendo como mis neuronas se estimulan, se ha convertido en un placer. Utilizar mis manos y pies para cambiar de marcha, para frenar, para acelerar y para embragar, se ha convertido en un placer, igual que ver a Vicente, uno de los oficiales de Juan Vicente Comes, claveteando las tachuelas o chinchetas, aprisionando la piel de la silla contra la madera y pasando a menos de un milímetro de la madera pulimentada; ése es otro placer que no me canso de contemplar y de gozar.


- Vicente, éso que estas haciendo, seguro que le gusta a Pedro –anuncia Rafa, el otro mítico oficial de Juan, mientras remata un preciosa y coqueta butaquita bautizada con el nombre de la primera mujer, Eva.

Pero Vicente ve normal clavetear sin proteger la franja de haya pulimentada; lleva muchos años haciéndolo y miles de chinchetas clavadas, pero a mi me da igual y sigo observándole hasta que decido acercarme al cabecero con orejas que le serví a mediados de julio.

Lo observo y me invade el desánimo. La tela de un verde oscuro no me gusta nada, es sosa y de un tacto estéril y frío. Quizás había puesto demasiadas expectativas en esta pieza, pero es un cabecero hecho al gusto del cliente, hecho a medida de sus deseos y tapizado con la tela elegida por él. Pensar así me hace sonreír y le saco unas cuantas fotos, realmente aún no está terminado, pero ya se puede ver como quedará.


- Bueno, Pedro, ¿ y la novela qué…?, ¿cuándo la acabas…? –me pregunta Rafa.
- Me queda poco; este otoño tengo que terminarla.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

MÁS CHESTER, MÁS CAPITONÉ.




Hablábamos de los iconos del diseño, del mueble tapizado y, justo esta semana, me ha llamado Pepe Nacher para presentarme a otro tapicero de la vieja escuela, es decir,  la buena escuela, que necesitaba urgentemente un sillón Chesterfield para tapizarlo en piel y capitoné.
Y ayer por la mañana conocí a ese otro tapicero, se asomó al taller sonriendo, con unas maneras afables y educadas.
Me acerqué sonriendo y tendí la mano.

- Hola, ¿eres Ángel, no...?.
- Si.

Aceptó mi mano y echó una mirada rápida al taller.

- Cuando yo venía tú aún no trabajabas aquí, yo es que era el encargado de Juan Herrero.

- ¡Ostras Pedrín...! -exclamé, volví a viajar en el tiempo, a retroceder a la época dorada de la tapicería en Valencia y volví a escuchar una historia de aprendizaje en plena adolescencia.
Ángel me contó que empezó a trabajar en la tapicera de Paco Carbonell, otro de los monstruos, ya jubilado, pero que dejó como herencia una buena hornada de tapiceros, digamos los últimos que hoy en día son capaces de manejar los muelles o la crin de caballo y que no se asustan ante la complejidad de un capitoné.
Ángel resultó ser el hermano de Casildo Pérez, otro tapicero que conocí cuando mi padre trabajaba para Villa Garnelo, otra de las grandes firmas que en su día sonaron fuerte en el mundo de las tapicerías y la decoración en Valencia. Precisamente, para Villa Garnelo, papá y yo montábamos un esqueletaje en herradura para sus Chester, era un armazón espectacular, más complejo que la foto que traía Ángel.
Estuvimos cambiando impresiones sobre las medidas y sobre el plazo de entrega.

- Yo tengo que entregarlo tapizado el jueves -confesó Ángel.
- Coño, pero si es martes...,uf,uf,uf.

Empecé a resoplar y a removerme, a calcular los tiempos y todo el trabajo que tenía empezado y por entregar.

- Uf, uf, uf.

Pero hay veces que sólo es cuestión de echar horas y más horas, horas, minutos y segundos, de madrugar y  empezar a rayar en el cartón y a diseñar plantillas, de empezar a cortar con las tijeras y de meter madera entre los dientes de la sierra de cinta.




Y hoy, miércoles, a media tarde, Ángel ha vuelto a pasarse por el taller, hemos hecho algunos retoques en el esqueletaje del Chester y se lo ha llevado, después de otro apretón de manos.
- Tengo que volver a encargarte un par de esqueletos más, son sofás de líneas modernas.
- Muy bien, aquí estaré.

jueves, 6 de septiembre de 2012

ICONOS TAPIZADOS DEL DISEÑO.


"Chester y Bañera abierto o cerrado"…, recuerdo haber escuchado esas palabras a mi padre, al viejo ebanista, ya desde pequeño, cuando bajaba por las tardes a la carpintería a jugar con mis amigos. Andaría yo por los nueve o diez años…, aún me quedaba mucha vida por delante y ahora, casi 40 años después de que yo escuchase a mi padre hablar de Chesters o de Bañeras abiertos o cerrados, los sigo fabricando y los sigo viendo fotografiados en las revistas de decoración, junto a otros modelos que he descubierto ahora y que han resultado ser auténticos iconos del diseño, como la silla CH 24 de Hans Wegner,  el sillón Wassily,  las sillas de los hermanos Eames,  la silla de Verner Panton, el sillón Egg de Arne Jacobsen,  los sillones Acapulco o como el australiano R-160 de Grant Featherston.
Las sillas más vistas de los hermanos Eames, junto a la Longue Chair, obviamente.
Y abajo, las sinuosas y excitantes linea de la silla de Verner Panton


Predominan las sillas, quizás porque son muebles con los que se tiene un contacto directo, porque son muebles que percibes, directamente, sobre tu piel y que inducen al descanso, a la ensoñación o a la charla, al intercambio de miradas, a las tertulias, a saborear unos licores o un buen café, espeso, denso y fuerte, como a mi me gusta. No obstante, ese primer icono del mueble tapizado, el sofá Chesterfield no nació con esa intención, todo parece indicar que fue encargado por el cuarto conde de Chesterfield a un ebanista con la premisa de que el modelo no admitiese posturas poco decorosas al sentarse.
Concebido para decorar los salones de los exclusivistas clubes ingleses del siglo XIX, el encargo del conde tomó forma en un sofá de respaldos y reposabrazos al mismo nivel, sin inclinaciones en la riñonera y tapizado en capitoné.
Hoy en día el Chesterfield se sigue fabricando y versionando y, necesariamente, ya no se viste con ese capitoné con el que nació y casi que es una pena. El capitoné es una auténtica obra de arte, algo bello y que atrae la mirada hacia esas decenas de botones que deforman los rellenos, la piel o las telas de una manera armoniosa y hermosa. Pero es posible que al mundo de la tapicería también haya llegado la maldición de la inmediatez, de la premura enfermiza o de la asepsia de las líneas rectas y aparentemente puras.
Las líneas redondeadas seguirán llenando de calor y pasión al Chesterfield, seguirán recordando al útero materno o a su propia leche como lo hace el sillón Egg o las envolventes formas del R-160 de Grant Featherston, que tuve el placer de replicar.

Mi versión en un precioso azul del R-160.

Arriba, sillón Egg, de Arne Jacobsen.
 
Pero como el diseño es innovar, explorar y romper moldes…, llegó el metal, el acero, las resinas, las fibras de vidrio, los plásticos y dieron forma a creaciones y a modelos que hoy en día se siguen fabricando y vendiendo con éxito.
Marcel Breuer y su Wassily.


El sillón Wassily, de Marcel Breuer es mi favorito, quizás porque me he podido sentar en uno de ellos y sentir su comodidad, su especial forma de acogerte. Cuando te sientas en un Wassily te deslizas sobre las cinchas de piel hacia el respaldo, es como si el sillón cobrase vida…, y contraponiendo la madera y la pita, al acero curvado y a las cinchas de piel, me encuentro con otro modelo de silla que protagoniza muchos de los salones que aparecen fotografiados en las revistas de decoración, es la silla CH 24 o silla Wishbone. Realmente, esta silla representa algo mas que un diseño acertado, es el fruto de algo que hoy en día se está perdiendo, es el fruto de la colaboración, del trabajo en equipo de una manera sincera y auténtica, sin clasismos de por medio.
La CH 24 surgió de la mente creativa de Hans Wegner y de las manos hábiles y magistrales de Karl Hansen, el ebanista que fabricó los más de 500 modelos de sillas que ideaba la mente de Wegner.

Es posible que el éxito, mas allá de las ventas o de la popularidad, radica en esa colaboración, en la unión íntima entre las personas, en el calor humano, en la ilusión.
Puede que esté empezando a divagar, pero no me imagino a Hans Wegner enviando retales de papel a Karl Hansen, sin apenas medidas y con el esbozo de alguna de esas 500 sillas, para luego decirle.
- ¡¡¡Pero que mierda me has hecho…!!!.
¿O será que eso me ha ocurrido demasiadas veces….?.
Es triste pero, por lo menos, en el entorno en el que yo trabajo no se percibe esa dignidad, ese amor o ese orgullo por la creación, por cada pieza que se fabrica…, puede que porque también escuchamos demasiadas veces frases como esta.
- ¿Y de eso que me vas a cobrar…?.
- ¿ De eso….?, ¿qué es eso…?